Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

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Memorial de don Alonso de Diego

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10/04/2006

Extracto de "In hoc signo vinces". Segunda parte de la novela

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En Tacuba está Cortés
con su escuadrón esforzado.
Triste estaba y muy penoso,
triste y con grande cuidado.
La una mano en la mejilla
y la otra en el costado,
hacia Tlacopan miraba.
Pregúntale, buen soldado,
¿Qué sucederá mañana?

La mañana.

Pocas veces saboree tanto el silencio y la calma como aquella mañana. Parecía que la cordura había vuelto a los hombres, más allá del desolado y polvoriento real, de los cuerpos de los muertos y las piedras humeantes de las ruinas y las calzadas destruídas. Desperté en silencio, y el mismo silencio me acompañó através del real, junto al borde de la calzada donde me alivié. El lago estaba tranquilo, y la silueta de dos bergantines se recortó en el horizonte, grácil en su vela hinchada por el incipiente viento. Entonces, sonaron de nuevo los gritos.

-Despertad -dije a los de mi escuadra mientras embrazaba la rodela y me calaba el morrión- Tenemos trabajo.

La gente de Tenochtitlán nos retaba de nuevo con sus gritos e imprecaciones. El campamento se despertó al punto. La rutina de la guerra hacía pláticos a los soldados. Al cabo, todo fue un relucir de arreos engrasados y pulidos, un relumbrar de lanzas, rodelas y espadas. La gente de Castilla acudía una vez más a la llamada.

-Buenos días, don Gonzalo -dijo Cortés, con la celada en la mano.
-Excelencia...

Don Hernán respiró el aire, que debía saberle a gloria, aunque a esas horas comenzaba a apestar con el hedor de los muertos, arrastrado por el cambiante viento.

-Buena mañana, a fe mia.
-Así es, excelencia -repuso Sandoval, mesurado.
-Bien, avanzaremos sobre la Plaza Mayor una vez más. Que vuestros peones ataquen las casas de alrededor y los jinetes barreremos la llanura.

Escupí al suelo, recto entre mis alpargatas, al tiempo que desenvainaba la espada y aguardaba la órden de don Gonzalo, que se volvió a mirarnos.

-¿Han comido algo vuesas mercedes? -preguntó.
-No hay con que, señor -repuse.
-Forrajeen algo, que no les pase lo mismo mañana.

El silencio mezclado con pisadas de botas. Los gritos se oían a lo lejos, al final de la gran calzada. Un barrio seguro, casi destruído por los combates nos contempló marchar, barba sobre el hombro. En medio de la calle, la figura muerta de una mujer con peto de algodón y atavío de guerrero. Apestaba a muerte, pasto de los gusanos, pero aún sostenía su macana en la mano, junto a una cesta volcada con unas mazorcas de maíz. Las metí en mi saquito del yantar, dando gracias a Dios por la casualidad. Entonces, se escucharon los gritos.
En las azoteas, decenas de guerreros comenzaron a lanzarnos una espesa lluvia de dardos, piedras, lanzas y flechas mientras nos imprecaban y se animaban con horribles gritos en su incomprensible lengua. Regresé a la columna cubriéndome con la rodela, donde repiquetearon las piedras como granizo sobre el techado.

-¡Cubránse, sigan avanzando! -bramó Sandoval, poniéndose la adarga por delante.

Arcabuceros y ballesteros devolvieron fuego por fuego, atinando con sus tiros a los más bravos y vociferantes, mientras nos movíamos como una pesada tortuga, débilmente protegida por rodelas, petos y cascos. A veces, alguien blasfemaba por una herida y se quedaba rezagado por no poder menear las piernas. A un soldado apellidado Téllez estuvieron a punto de matarle. Al salvar un puente semiderruido, quedóse rezagado por dos bellacos cortes que habían manchado sus calzas de sangre. Canoas llenas de guerreros se le acercaron, mientras la nube de piedras daba en acero y carne, haciéndole caer de rodillas. Era un soldado, de mi escuadra y me sentí responsable.

-¡Téllez! -bramé, previniéndole.

Cargué con la rodela por delante a dos guerreros que iban a echarle el guante. Con el impulso y el golpe, uno dellos cayó al agua, mientras el otro se volvió para atacarme, pero mi acero entró por donde solía, a los riñones. Cayó en un alarido, mientras arrastré como pude al pobre Téllez, inconsciente por una mala pedrada en la cabeza. Agarrado a los hombros de dos lanceros, el infortunado soldado consiguió avanzar con nosotros, y al fin llegamos a la plaza.

-Los de Alvarado ya han llegado -dijo don Gonzalo, contemplando la sarracina que la caballería de don Pedro hacía en la explanada de los templos- Alonso, los vuestros a despejar las terrazas de alrededor. No quiero más lluvia.

Me toqué el ala del morrión.

-¡Los míos, conmigo!

Entre en la primera casa que vi, un palacete grande y sinuoso de donde brotaban inconfundibles gritos y pasos. Recorrimos las estancias y corredores, matando a algún paje de los suyos, que andaban con haces de lanzas y cestos llenos de piedras para llevárselos a sus mejores. En la terraza, decenas de guerreros dejaron de hacer puntería para acometernos con lanzas, macanas y espadas.

-¡Colomera, Santiago y Colomera! -bramé, apellidando mi terruño antes de lanzarme contra lo más espeso de ellos.

Golpes y golpes sin cuento. Ya no esperaban por turno, ni competían entre ellos. Habían aprendido a luchar por sobrevivir, y vive Dios que lo hacían bien. Tajé un brazo haciendo un molinete y empujé a un guerrero particularmente emplumado con la rodela, recibiendo en el camino un buen golpe en el ala del morrión, haciéndome cabecear. Los rodeleros se aplicaban a lo suyo, que no era poco, mientras, a base de redaños y aguante, di en carne dos veces, tirandoles por el suelo. Al terminar, ví volar por el aire la masa ingente de uno de aquellos montantes de agudo filo, el cual esquivé de milagro, hurtando el cuerpo.
Era un guerrero jaguar, y tiró la pesada arma para empuñar la más ligera espada de obsidiana, con la que me acometió, protegido por su rodela. Paré el golpe batiéndole la madera y respondiendo con un tajo de arriba a abajo, buscándole la cara. Desvió con su rodela, lanzándome un golpe de revés, que paré con mi escudo antes de entrarle en juego corto, rodela con rodela, empujándole hacia atrás. Era fuerte, era bravo, y tras un ligero traspiés me empujo a mi, con que tropecé con uno de los muertos que sembraban el suelo, dando en tierra. Tuve el tiempo justo de para un golpe suyo con el umbo de mi escudo, e intentar levantarme, reculando con los pies. Entonces, vi su rostro orgulloso y aquilino componer un gesto de desprecio, erguido en la mole de su fuerte cuerpo cubierto por la librea de su órden. Se quedó quieto.
Un joven guerrero novel, de los del moño en el pelo, me agarró del cuello con el antebrazo, intentando bloquearme para que sus compañeros me ataran o desarmaran. Intenté clavarle la espada, pero la esquivaba una y otra vez moviendo la cabeza. Solté la toledana, más porque me la arrebataban. Gruñí, iracundo, desenfundado la daga, que clavé al infortunado en una pierna. El guerrero jaguar seguía quieto, mirándome mientras, recuperada mi espada, di buena cuenta de mis captores, levantándome de nuevo. Me sentí con espacio y me afirmé en guardia, desafiando al guerrero con un escupitajo sanguiolento. Siguió sin moverse. Me miró a los ojos con infinita ironía mientras los rodeleros, libres ya de sus propios combates, cerraron contra él, y le dieron muerto en el suelo de varias estocadas.

-Alonso -dijo don Luis Martínez, poniéndome una mano en el hombro- Sigamos, nos queda faena.

Y yo me quedé unos segundos más, unos interminables segundos mirando a aquel hombre, preguntándome que habría pasado por su cabeza para dejarse matar de aquel modo...
10/04/2006 21:55 Autor: targul. Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 3 comentarios.

07/09/2005

Extracto de "Corazon y deseo", primera parte de la novela

paje.jpgLa manigua aclaraba.

A golpe de machete y espada la escuadra de Diego de Jódar se había abierto camino através del espeso follaje, coleccionando sobre sus jubones un alud de bichos de toda ralea y condición que el compañero situado detras debía espantar a manotazos. Abría la comitiva uno de los taínos aliados, olfateando el aire como un perro y haciéndonos parar cada dos por tres, ya fuera por una pisada de animal en el camino o por aproximarnos a una zona sospechosamente tranquila. Esos lugares, infames donde los haya, se asemejan a una caldera donde el aire se escapa más allá del vacío caliente y asfixiante que hace transpirar y vizquear los ojos. Así es la selva, y quien la anduvo de cabo a rabo, lo sabe.
A cada interrupción me paraba a descansar y enjuagarme el sudor que me caía bajo la ancha ala del morrión. Iba, como de costumbre en campaña, cargado como una mula. En el macuto que llevaba a la espalda cargaba provisión de pólvora en frascos, balas, plomo y el molde para fundirlas, un par de metros de cuerda de arcabuz enrollada que pendía de mi cinto, yesca y pedernal, la baqueta sacatacos y la atacadora, dos camisas de paño, el pan de maíz rancio del rancho, un cuartillo de agua en un zaque que también colgaba de mi cinto y el arcabuz de Fernando Franco, atado y atravesado al morral. El morrión que llevaba sobre las cejas y que me quedaba grande pertenecía al milanés [Niccolo Piazza], y me lo había puesto aquella misma mañana con una sonrisa, dándome un cachete en la mejilla. "Pareces un señor soldado", me dijo. Enriquillo, que era como llamabamos al guía, se detuvo en mitad del claro, con cara de preocupación.

-¿Qué?- preguntó mi amo, tan parco en palabras como siempre.
-Caribe- murmuró, aterrado.

Indios caribes. Habíamos oido hablar mucho de ellos en la Española, pero jamás visto a ninguno. Bajitos, de cuerpos pintados y bocas atravesadas por aguzados palos, tenían justa fama de sanguinarios guerreros, sedientos de la sangre de sus víctimas. Lo de la sangre no era agua de borrajas, ya que además de ser los mismos hijos del diablo, se comían a los enemigos que mataban o capturaban. Las ramas se movieron suavemente delante de nosotros mientras, hecho ya un ovillo, el guía taíno gemía con una insistencia que ponía la carne de gallina. Noté como me tomaban el morrión con lentitud, descubriendo mis ojos abiertos y el pelo mojado por el sudor. Mientras los ruidos nos rodeaban, Diego de Jódar se caló la borgoñota que llevaba golgada al cinto, escupiéndose en ambas manos antes de alzar el montante que llevaba sobre el hombro. Por su parte, el sevillano [Fernando Franco] ya con su arcabuz en las manos, lo atacaba despaciosamente mientras yo le encendía la mecha. A pesar del temblor de mis manos, así lo hice.

-Apellidad- ordenó mi mentor.

Los catorce hombres le miraron un momento, extrañados. Los indios les habían rodeado y vigilaban sus movimientos. Repitió la órden en voz agria.

-Apellidad u os mato yo mismo.
-¡Santiago!- bramaron entonces.

Aquello desencadenó la lluvia, nunca mejor dicho, una lluvia de flechas y azagayas que surcó el aire y nos llevó a Esteban, el paje de don Luis Martínez. Inmediatamente, se nos echaron encima una turba de indios bajitos y pintarrajeados de rojo y negro, con rostros horribles desgarrados por la ira y el odio, blandiendo macanas, porras y lanzas. Era la primera vez en mi vida que contemplaba el horror caótico de un combate, la sangre, los muertos enteros o mutilados, los gritos desgarradores y las miradas vacías de aquellos que caían al suelo sin vida. El espejismo de la guerra honrosa y de las "altas fazañas" de las que me deleitaba leyendo en las Sergas [de Espladián] se borraron de un plumazo. Aún se me saltan las lágrimas como el chiquillo que era cuando recuerdo que, a la tierna edad de doce años, abandoné la poca inocencia que me quedaba. No hay lugar en el mundo para el cobarde, salvo la tumba.
Tomé en mis manos el jubón de mi amigo Esteban, zarandeándolo con lágrimas en los ojos mientras los hombres se mataban. Diego de Jódar, luchando como el temible soldado veterano que era, tajaba miembros a diestro a siniestro, aplastaba cráneos y hendía cuerpos a golpe de montante, con los dientes prietos. A su alrededor, los rodeleros se protegían de los envites de los caribes, acuchillándoles el torso desnudo o la garganta con las hojas de las toledanas. Fernando Franco, tras despedir a un indio varios metros hacia atrás de un arcabucazo en el pecho, había volteado el arma, usando la culata como maza. Esteban no respondía. Estaba muerto, muerto como todos aquellos indios que cayeron uno tras otro junto a mi. Hubo un rato de silencio, pesado, incómodo, y sentí unas manos rudas que me volteaban. Los iris penetrantes de mi amo me analizaron fijamente. Temblaba, ahora incluso más, por aquel rastro de muerte indiferente que veía en sus ojos. Me abofeteó, con suavidad.

-Debería darte verguenza- dijo- Eres un español. La valentia no se te exige, se sobreentiende.

Tenía las manos manchadas de sangre.
07/09/2005 15:33 Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 1 comentario.

12/07/2005

Extracto de "Corazón y deseo", primera parte de la novela

esgrima.jpgEl calor apretaba, y el monótono sonido de las chicharras enmarcaba la recogida de una de las parcelas de tierra salpicadas por maíz ya maduro. Los taínos, semidesnudos, metían las mazorcas en sus cestos bajo la atenta mirada del capataz y el látigo que raramente usaba. La razón de este trato humanitario saltaba a la vista: Paseándose por el maizal con un zaque de agua, la figura de un dominico que, por pragmáticas del rey, debía pagar el propio encomendero.
Sentado bajo la sombra del zaguán del palacete, jugaba a taparles el agujero a unas laboriosas hormigas. Ante la catástofre, intentaban liberar la entrada de su diminuta galería de la piedra que la estaba cegando. Otras, en cambio, se perdieron entre las junturas de la pétrea tapia, buscando otras entradas. En estos entretenimientos estaba cuando, tras sentir unas pisadas de bota a mis espaldas, un grueso peto de cuero cayó delante de mi.

-Ponte eso rapaz- dijo don Óscar.
-¿Haremos daga hoy, o cuerpo a cuerpo?- pregunté yo, cogiendo la prenda.

Sin decir más, echó a andar, pasándome por el lado en dirección al palmeral. Llevaba una montera, guantes de cuero recio y un peto como el mío, amén de una vara y una espada que llevaba apretada bajo la axila. Le seguí, excitado. El maestro de armas, tras comprobar la firmeza del suelo y escoger un lugar de razonable sombra bajo las anchas hojas de las palmeras, me tiró al descuido un par de gruesos guantes que olían a cuero y sudor. Disponiéndose frente a mi, tomó la espada y alzó el arriaz hasta su nariz.

-La verdadera diferencia entre un gentilhombre y un advenedizo que se las da de tal reside en esta hoja- dijo, grave, moviendo el arma hasta disponerla paralela al suelo, mostrándome su punta- La espada es el arma más noble de cuantas un cristiano puede portar. La espada es para el hidalgo una prolongación de su brazo, terrible y certera, un instrumento con el cúal poder acrecentar y defender su honra.

Viéneme a la memoria aquel dicho castellano sobre las espadas de Toledo "En el Tajo fui forjada, y a tajos gané mi honra". Sin más preámbulo, ofreciome la empuñadura y tomó su vara. Se trataba de una espada negra, que así se llaman aquellas fechas para entrenar, sin filo aguzado y con una punta razonablemente redondeada. Había visto muchas espadas como aquella, de patillas, con buenos gavilanes y dos arquillos ambos lados del arriaz.

-Tómala- dijo el encomendero.

La cogí, despacio, mientras noté como a mi mentor se le crispaba la mano entorno a la vara, con la cúal me dió un recio golpe en la mano que me hizo soltar el acero. Sonreía, bajo su barbita recortada y aristocrática, mientras metía la punta de la vara en el guardamanos de la espada caida y volvía a alzarla a la altura de mis manos. Me abstuve de preguntar, para evitar más golpes.

-¿Que vas a coger zagal, una espada o un bastón?- preguntó
-Una espada, señor- repuse, humilde.
-Entonces no la cojas como un bastón.

Me mostró, pasando un dedo cruzado sobre el arriaz y apoyándolo en el recazo, protegido por los arquillos. De esa manera, explicó, se ejercía una presa más firme sobre la empuñadura y se tenía mayor sensibilidad con respecto a la punta del arma. Dicho esto, se separó a la distancia de su vara extendida e, hirguiéndose, hablaba grave.

-Antes de mostrarte el arte de la destreza de la espada, que algunos llaman esgrima, debes jurar que nunca desenvainarás sin un motivo razonable, ni envainarás sin haber dejado tu honra, al menos, intacta.

Yo era joven y estaba lejos de comprender el alcance de esas palabras. Durante todos estos años, desenvainé mi espada tantas veces que ya he perdido la cuenta. A veces fue para defender mi honra, otras para defender honras ajenas o a mis camaradas, pero la mayoría de las veces fue para poder ver salir el sol a la mañana siguiente. A día de hoy puedo decir, sin embarazo alguno, que aquellas clases salvaron mi vida y mi honra repetidas veces durante veinte largos años.

-¡En guardia!- repetía don Óscar una y otra vez, corrigiéndome las piernas con la vara- Separadas, no trabadas. Reparte el peso entre ambas, para poder moverte presto o escapar a tiempo jugando con los pies. Nunca te apoyes demasiado en una sola, porque en ese momento cualquier gesto rápido de tu rival puede hacerte perder pie y te llevarás de regalo una bonita herida.

Aquel día aprendí a tirar estocadas desde cualquier ángulo y dirección, cerradas si el adversario estaba cerca, y ganando la distancia con las piernas si se mantenía lejos, también aprendí a poner la mano estirada con la palma mirando hacia las cuatro direcciones (uñas arriba, abajo, adentro y afuera), las cuatro guardias o posiciones del brazo y la punta de la espada, a moverme hacia los lados sin perder la guardia (trepidante izquierdo o derecho) o en diagonal hacia los cuatro puntos cardinales (transversal, curvo, extraño transversal y extraño curvo). Todo esto, excuso decir a Vuestra Majestad, lo aprendería a la perfección tras semanas de ensayo y comprobando día tras día la dureza de la vara de don Óscar Carrasco de la Torre.
12/07/2005 22:24 Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 1 comentario.

26/06/2005

Extracto de "Monna Doris", tercera parte de la novela

gendarmepavia.jpgLa lejana voz del capitán Bomprezzi se mezclaba con los relinchos, las detonaciones y los gritos de horror dichos en francés y en español.

-¡Agrupaos!

El campo de batalla era un lugar espectral, lleno de niebla y nubecillas negras que olían a azufre. A veces, de entre las formas que yacían inertes un poco por aquí y un poco por allá, brotaba el resplandor de un arcabucazo, el ruido de los cascos de un caballo, gritos o el desgarrador sonido del acero entrando en carne y rompiendo huesos. Hacía un rato que caminaba solo, con el arcabuz cargado y la mecha en el serpentín humeando lentamente, pasando sobre los cuerpos de las monturas abatidas (algunas agonizaban) y los caballeros muertos y despojados de parte de sus arreos (sobretodo anillos y collares, asi como alguna espada. No había tiempo para pararse a más).
Me agaché momentáneamente a mirar el rostro de un gendarme muerto. La expresión era relajada, cual si estuviera descansando o durmiendo. Tenía, no obstante, un boquete en el peto por el que se había vaciado de sangre. Rebusqué en sus manos, quitándole la manopla mientras miraba derredor para cerciorarme de que ningún oficial pasaba por allí. Entonces, hubo un ruido muy inquietante a mi espalda, que me hizo volverme de súbito. Era el ruido de una respiración muy pesada y el tintineo del hierro rozando contra el hierro.
Vive Dios que me estremecí. Aquella mole de acero parecía salida del mismo infierno. Sobre un corcel de gran alzada revestido con una testera de crestas puntiagudas y unas gualdrapas con una sobreveste azul donde estaba dispuesta una heráldica, un gendarme "de punta en blanco", cuya armadura y yelmo cerrado salpicados de sangre le conferían un aspecto aterrador, blandía, sobre el penacho, una larga y mortífera espada de mano y media. La mole se movió tan rapidamente hacia delante que tuve el tiempo justo para apartarme y descargar un tiro a ciegas a aquella masa de hierro infernal, de la cúal había brotado el apellido de los francos.

-¡Pour Saint Jacques!

El caballo relinchó agonicamente, muy alto y muchas veces, malherido. Cansado por la carga, el animal se desplomó sobre la pierna de su amo. Aquello me daba cuartel, y me dió tiempo a levantarme y tomar el arcabuz. Comencé a cargarlo con mucha flema, apoyando la culata sobre la hierba y derramando el contenido del último de mis doce apóstoles en el ánima. El francés blasfemaba por lo bajini, intentando liberarse del peso de la montura muerta. Sabía que, si no conseguía liberarse, en cuanto cargara el arma estaba bien jodido. El hideputa era bravo, y fuerte, porque apoyando el zapato de acero de larga espuela puntiaguda en el lomo del corcel, lo estaba levantando poco a poco.
Los nervios me atenazaban las manos y me revolvían el estómago, haciéndome sudar bajo el morrión. Un par de veces me resbaló la baqueta al intentar meterla en el ánima para atacar la pólvora. Se levantaba ya el jinete despaciosamente, altivo, una sombra de acero que se herguía entre la niebla y la silueta de su caballo, que ya no relinchaba de dolor (creo que le di en la cabeza). Pesados pasos de metal se acercaban a mi, y tuve el tiempo justo para soltar el arcabuz y escupir la bala que tenía en la boca antes de que el miedo me la hiciera tragar. Ahora era yo el que estaba bien jodido.
Esquivé el primer golpe de milagro, un poderoso tajo a dos manos, mientras sacaba espada y daga. No había mucho tiempo para pensar, pero la prudencia me recomendaba retroceder hasta toparme con lo que fuera, amigo o enemigo, que pudiera socorrerme. El francés disfrutaba de lo lindo, lanzándome falsas estocadas y leyendo el miedo en mis ojos. Un par de veces tocó con la punta de su espada mi brigantina, haciéndome sentir la muerte bien al alcance. Mientras retrocedía y me cubría como podía a espada y daga (mi enemigo no tenía miedo a ser herido y se lanzaba a fondo), intentaba ganarle espacio tirándole un par de estocadas que resbalaron en su peto milanés. El gendarme se reía, y aún se rió más cuando, tropezando con un caballo muerto, perdí pie y caí sobre la sangre y la carne del animal muerto. Tras desarmarme de un puntapie, alzó su mano y media, dispuesto a descargar un mandoble definitivo sobre mi cara aturdida.

Sonó un tiro, muy lejano, y oí como una bala rompía el acero y entraba en la espalda de mi adversario, que crispó un gesto de dolor. Ahora o nunca, me dije, apretando mi daga de orejas en la diestra mientras me lanzaba sobre el caballero con todas mis fuerzas, haciéndonos caer al suelo, revueltos. No grité ni blasfemé, sólo contuve mi rabia y mis esfuerzos en aplastar la mano armada del caído con la rodilla mientras intentaba meterle la daga por alguna juntura del arnés. El gabacho si blasfemaba, y lo hacía en voz alta mientras me golpeaba con la manopla de su mano libre. Primero la brigantina, luego el ala de mi morrión y al final, la cara. El golpe me hizo volver el rostro, y mi daga (que ya estaba metida entre dos junturas) se movió hacia un lado con violencia, partiéndose.
Cuando volví a ser dueño de mi, pues el golpe me había aturdido unos segundos, mi enemigo intentaba meterme una daga de dos cuartas de hoja por la gola. Solté la mia, ya inservible, y tomé su manopla deteniendo el golpe a escasos centímetros de mi cuello. El caballero tenía fuerzas, y poco a poco vencía a las mías, acariciándome el cuello con la punta de su daga de misericordia. Cuando reparé en mi mano libre, la que había soltado la daga, la moví prestamente hasta su yelmo, retorciendo el hilillo de metal del cierre y levantándole el visor. El rostro de aquel tipo era joven y armónico, aristocrático y bien parecido. Frisaría mi edad, veintipocos, y se le veía bien formado, apesar de que tenía los dientres prietos y el rostro contraído por la ira. Notando ya como su daga me pinchaba y brotaba de mi cuello un hilillo de sangre, resolví jugar mi última carta.
Sientiéndome preso de un odio sordo y profundo, apreté mis dientes y vencí la mano libre hasta su cara, metiendo dos dedos en los ojos desorbitados del francés. Apreté, de golpe, sintiendo como reventaban bajo las yemas de mis dedos, y el tacto me recordó a las asaduras del marrano cuando, colgando de una viga del techado del corral, mi padre lo rajaba de arriba a abajo y yo tenía que ayudarle a sacar las tripas. Gritó, pataleó y se llevo la mano que sostenía la daga a sus ojos, intentando apartar la mía. Entonces, con una furia que me estremezco en recordar, le arrebaté su propia daga y, metiéndosela por la boca abierta de la que brotaban gritos y lamentos, la hundí hasta la empuñadura, hacia arriba. De pronto, el francés tuvo un calambre y dejó de moverse.
Me aparté, respirando agitado, buscando mi espada, cuando alguién me dió la vuelta, cogiéndome por el cuello de la valona. Era Jordi. Me miraba con ojos preocupados, especialmente a mi cuello.

-¿Estáis bien?-preguntó

Y yo no supe que contestar.
26/06/2005 12:14 Enlace permanente. Tema: Extractos No hay comentarios. Comentar.

13/05/2005

Extracto de "Monna Doris", tercera parte de la novela

lansquenete.jpgEl lansquenete sopló a los dados, lanzándolos sobre la mesa. Uno, dos, uno. Ganó un tanto.

El mercenario era un hombre de tamaño descomunal, brazos podersos y hombros anchos. Vestía a la tudesca, unas calzas de dos colores, blanco y rojo a rayas, un jubón con más acuchillados que un espadachín manco, con unas mangas anchas marrones y rojas. Tenía una parlota de exagerado penacho azul anudada al cinto, donde cargaba una daga de riñones y una espada destripagatos, corta y ancha, además de una bolsa de cuero de donde había sacado tres carlines de plata para apostar. Se tocaba la barba, rojiza, enorme y abierta, mientras mirábame con sus ojos azules, el pelo desordenado cayéndole sobre la frente. Su camarada, un arcabucero cejijunto y rubio que tenía unos dientes tan negros como su alma se tenía detrás de él, junto al gigantesco montante de hoja flamiguera apoyado en la pared del garito, bajo al acha encendida que daba un poco de luz a aquel ángulo del antro (siquiera nos habían pedido entregar las armas al entrar, asi que puede figurarse Vuestra Majestad la calidad del lugar).

-Euer hochwohlgeboren, zahlen- inquirió

Puse dos maravedíes sobre la mesa, pagando el tanto. Jordi nos echaba furtivas miradas entre beso y beso. Ya tenía a la daifa con la falda levantada y sentada sobre suya, después de invitarla a una jarra de vino y a lo que ella quisiera. Asintió el tudesco, aprobador. Tomé los dados con cautela, solo me quedaban tres monedas apiladas en la mesa manchada de vino. Besé los dados, moviéndolos dentro de mi mano cerrada. Como perdiera estaba bien jodido. La madera de los cubos restañó brevemente sobre la mesa, mientras rodaban al otro extremo, justo enfrente del doblesueldo. Seis, seis y seis.

-Bumsen- dijo entre dientes, incrédulo. Mirome muy friamente, cual si aquello fuera una chanza, trampa o cartón.
-Pague vuestra merced- dije, muy cuajado de ánimo y apoyando la palma de la mano en el pomo de la espada.

Lo que vino después fue confuso y rápido. El doblesueldo intercambió una mirada plática con el arcabucero, que echó mano a la espada. Se oyó un grito de mujer, y una blasfemia en italiano dicha por esa misma voz. El tudesco respondió con un breve "nein", girándose hacia el montante. Mientras tanto, el rubio tirome un tajo que me hizo caer de la silla al apartarme. La concurrencia había enmudecido, y todos los ojos ahora estaban fijos en nosotros. Al levantarme vi como se iban a marchar con mucha desvergüenza, cual si estuviera todo acabado. La daifa se levantaba del suelo, dolorida en las posaderas, y mi camarada ya estaba de pie, media bragueta desabrochada pero con la toledana en la mano y su daga de misericordia en la otra.

-Bellacos- dijo en voz alta - Hideputas sin honra.

Algunos tudescos alli presentes miraron con muy malos modos a sus camaradas. Una cosa era batirse por un mal perder, y otra hacerlo sin modales, como dos asesinos sin pizca de honra. Picados en su orgullo, miráronse un momento, y luego el que había jugado conmigo, que ya tenía el montante en la mano, sacaba pecho y nos miraba, hablando en un italiano lleno de resonancias nórdicas.

-Se, signori, desiderate risolvere questa materia come i cavalieri, migliori vanno alla via.

Aquello ya estaba mejor. Ayudóme el catalán a levantarme, abrochándose bien la prenda viril. Pronto aparecieron dos camaradas tudescos y dos de nuestra compañía, el sargento Ayala (que en cuestiones de honra y fuera de servicio se batía como el que más) y Pedro de Valdivia. Fuimos fuera, donde la luz menguaba sobre los tejados de Pavía y algunos vecinos decían el agua va, echando las inmundicias por la ventana antes de hora. Un solitario perro calcorreó lejos de allí, respondiendo a la llamada de su amo, un curtidor que cerraba su tienda oliéndose la pendencia. Dispusiéronse los padrinos tapando los accesos a la calle, mientras, unos frente a otros, nos afirmamos para el combate.
Tomé la daga de orejas con la siniestra, consciente de que el pesado montante de mi rival no conocía capa lo bastante gruesa como para abroquelarse. Medi bien los pasos, moviéndome en un curvo hacia la derecha. Se dio la seña, que fue un apellido militar, y comenzó el duelo. Rapido como un aspid, el tudesco del montante había cogido el recazo con la diestra, lanzándome un tajo de arriba a abajo, rápido y a la cabeza. Me eché para atrás, ofreciéndole el lado izquierdo y esquivando el golpe (que me pasó a tres pulgadas de la nariz). Jordi había recibido un tajo en el antebrazo, después de haber fallado el batimento (no estaba acostumbrado a batirse contra hojas tan cortas), y empujaba con la bota al tudesco, mientras le marcaba la cara con un chirlo sobre la ceja.
Entró luego el mio de tajo, uñas arriba y de derecha a izquierda, buscándome la mano y la daga. Lo vi claro, cual destello fugaz, y desvié la punta del doblesueldo hacia mi línea interior (a la sazón la izquierda), cambiando de guardia con el pie izquierdo, girando el cuerpo y adelantándome en un desplazamiento de libro, lineal como un virotazo de ballesta, entretando, con la hoja del tudesco desviada por la daga, lleveme el arriaz a la cadera, uñas adentro, pasándole el vientre de parte a parte. Don Oscar Carrasco de la Torre hubiera estado muy orgulloso de aquella embebida. Se revolvió el tudesco, escupiendo sangre, apartándome a manotazos mientras sacaba la daga. Perdí pie al pisar una boñiga de caballo, dándole tiempo para hacerlo y perdiendo mi espada en su corpachón.
Diome un par de cuchilladas, a ciegas, mientras miraba en dirección al alarido de su compañero, que con tres cuchilladas y una estocada la garganta, se iba por la posta entre un mar de sangre roja que le chorreaba por la gola. Parpadeó el lansquenete, cada vez más blanco de tez (a pesar de que ya lo era de natural), y al cabo reparó en el torzal de mi espada, que estaba a pocos palmos de su barriga. Aprovechando el respiro y mi lejanía, fue a sacar su destripagatos con la otra mano, pero una tos gorgoteante y sanguiolenta le hizo desmayarse y caer de culo al embarrado pavimento. Sus ojos vacíos, indiferentes, miraban la empuñadura de la espada, mientras yo la tomaba con suavidad, vigilando la mano de su daga, empujándolo con la bota mientras desclavaba. Ahora si gruñó, el hideputa, cayendo al suelo. La sangre salía por su barriga ahora también. Miraba el cielo del ocaso entre los tejados y la ropa tendida con sus ojos azules y dio su alma a Dios, o al Diablo.
13/05/2005 13:51 Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 3 comentarios.

03/05/2005

Extracto de "In hoc signo vinces". Segunda parte de la novela

targul2.jpgAbrí los ojos al dia, sintiendo como me zarandeaban suavemente por el hombro. El tacto era cálido y áspero, familiar.

-Despierta rapaz- dijo don Diego de Jodar

Moví los brazos, entumecido, sintiendo como me molestaba el cálido abrazo de la manta india. Miré, confuso y soñoliento, a los hombres que todavía dormían. Algunos también se estaban aseando, veteranos y previsores. Adiviné una sonrisa en la boca de mi mentor.

-Hay que ganarse la honra- dijo, no sin cierta guasa, frunciendo levemente el ceño y con un apunte de sonrisa bajo la fiera barba.

Me levanté, desperezándome. Salí con cuidado al exterior de la tienda de fieltro. Aún despuntaba el alba, y las naborías molían el maiz preparando las tortitas. Caminé entre algunos centinelas que, calados de frio, sostenían impetérritos sus alabardas. Fui a aliviarme detrás de una mata, tembloroso por el frío. En aquella maldita "tierra de los riscos" soplaba el viento con un susurro que ponía la carne de gallina. Andaba yo de regreso a la tienda cuando topéme con doña Marina, que venía sorprendemente alegre. No parecía sino que el peligro la tentara, y nadie diría que el día anterior tembló visiblemente al ver descender de las colinas a los otomíes. Quizá para ella todo fuera como un sueño, un juego o una venganza. A fin de cuentas, nosotros éramos todavía para ella algo parecido a dioses, y no creo que tuviera ninguna duda sobre el resultado de la batalla que iba a librarse ese mismo día.
Saludóme con los ojos, al aire distraido, entrando en la tienda del capitán general. Sentí la mano cálida del mi antiguo amo posarse sobre mi hombro. Busqué sus ojos, pero estos miraban hacia el límite del campamento. Los batidores a caballo regresaban de la descubierta, sin duda con noticias frescas. Por sus gestos se deducía que íbamos a tener trabajo ese día. Sin más preámbulo, recogí mis bártulos, púseme morrión, brigantina y gola, abrocheme el cinto y, antes de atar la manta a mi espalda y recoger la rodela, comprobé que la toledana entraba y salía correctamente de su vaina, y que las presillas del tahalí estaban bien abrochadas. Hecho aquesto, salí afuera, tanteando con la mano la parte trasera de mi cinturón, tomé mi daga de orejas y corté un pedazo de tortita del día anterior, que mastiqué para asentarme el estómago. Casi en el acto, sonaron pitos y tambores, tocando diana.

Salió al punto Cortés, aderezado ya para la batalla, requiriendo al paje Jaramillo a "La Mula", la cual montó con mucha gallardía, tomando la celada con parsimonia mientras los totonacas despertaban a su gente y preparaban la marcha, y los españoles recogíamos con presteza el real. Reuniose nuestra compañía, Sandoval a la cabeza, montando a su "Rolandillo" con bizarra estampa. Como ya dije a vuestras mercedes, la suerte quiso que estuvieramos bajo mando del más animoso y sensato de los capitanes de la empresa, a pesar de que era hombre joven, que no mozo. Asi que, puestos ya en orden, comenzose la marcha, ascendiendo por polvorientas pendientes y pasando en cosa de dos horas hasta un valle salpicado con un par de casas de adobe y algunos cultivos. El prado se encajonaba al fondo entre dos lomas y un río que serpentaba entre las piedras. Pero lo más relevante era un nutrido grupo de guerreros otomíes que cerraba nuestro avance.
Puntilloso, Cortés requirió con mucha política a Godoy, el notario. Acudió este al punto, con su rostro avinagrado contraido por un leve rictus. Se notaba que detestaba cada vez más la rutina impuesta desde Potonchán. Hubo un breve intercambio de palabras, y adelantose el enlutado leguleyo, leyendo en voz alta el requerimiento. Los capitanes, mientras tanto, comprobaban que la formación estaba bien cerrada y cada hombre hacía su oficio. Los arcabuceros prendieron las mechas, y los ballesteros montaban las vergas y ajustaban cranequines, patas de cabra y armatostes, cargando sus armas. Los indios acercábanse, primero en órden, luego abriéndose como solían en un ancho y dilatado frente. Cientos de gargantas coreaban el nombre de su nación, y todo eran armaduras de algodón y brillar de lanzas, macanas y jabalinas. Los oficiales, con sus vistosas banderolas emplumadas y armaduras de algodón de cuerpo entero, les daban ánimos.
Godoy intercambió una mirada inquieta con Cortés, ya que era incapaz de hacerse oir entre semejante algarabía. La última frase del requerimiento muriole en la gorja, mientras intentaba guarecerse de la lluvia de las flechas y las jabalinas que caían del cielo como si granizara. En ese momento, don Hernando se hirguió en la montura, bajándose el visor de la celada y echando mano a la espada, que relució brevemente en el sol matutino cuando la venció hacia delante, dando el apellido.

-¡Santiago y a ellos!- exclamó
-¡Compañía! ¡Calad lanzas!- bramó Sandoval

Un breve clamor recorrió nuestras filas, impresionando a los totonacas que, en nuestros flancos dábanse ánimo con cánticos. "¡Santiago, Cierra España!". La fiel infantería aguantó estoicamente cuando dardo le lanzaron, mientras los jinetes partían al galope, en grupos de tres, disgregando a las primeras avanzadas enemigas, alanceando peones y oficiales. A una señal de Cortés, la infantería movióse hacia delante, a paso de tambor. Juan de Corral flameaba la enseña con el águila bicéfala, dándonos ánimos "Pocos son, no se disminuyan vuestras mercedes". Al primer contancto, sangriento y mortífero, castigados por la caballería que estaba en todas partes, muertos muchos oficiales a golpe de ballesta y arcabuz, descompusieronse a los primeros tiros de falconete, retrocediendo hacia el río.
Advertí, o creí advertir, la mirada veterana de don Diego escrutando las lomas entre tajo y tajo, apretada la rodela y los dientes, salpicando con la sangre de valerosos guerreros. No era para menos, pues hasta el más menguado hubiérase dado cuenta de que aquello olía a trampa. Y pronto nuestros temores se confirmaron, pues cayó sobre nosotros una espesa lluvia de flechas y dardos que nos llevó algún hombre. Cayeron sobre nosotros, bajando las lomas a la carrera. Se estrellaron contra lanzas y escudos, haciendo perder pie a más de un castellano. Descargaban con furia golpes con sus espadas y macanas, abollando petos y buscando herir rostros y brazos. Por cada uno que caía saltaban dos, ansiosos, valientes, buscando la gloria del combate.

-¡Cerrad filas! ¡Duro y a ellos!- exclamaban los capitanes.

A mi lado, ciego de furia y borracho de matar y matar, defendiáse don Gonzalo, dando estocadas y mandobles con energía. Apartóse don Diego, empujado por dos otomíes, cuando vinome uno encima, levantando en alto una enorme espada de obsidiana que debía pesar un quintal. Sin determe en compases de esgrima, empujé con la alpargata al guerrero que había despachado hacía nada (que se sujetaba las tripas de mala manera) y ofrecí mi lado izquierdo al oficial otomí, recibiendo en la rodela un terrible golpe que casi me descoyunta el brazo. Rapidamente metí pies, venciéndome hacia delante con el lado derecho, ensartándole el vientre como a un morcón. Quedóse sin aire, soltando el montante, agarrando mi espada, cual si no se creyese que eso le había pasado al hijo de su madre. Y lo último que recuerdo fue su semblante sorprendido cuando, después de desclavar mi acero empujándolo de un puntapie, cayó al suelo, y sus compañeros lo pisotearon hasta la muerte.
Juro por Dios a Vuestra Majestad que aquella jornada lo tuvimos negro. No más bajando de las colinas, rodearon a nuestros jinetes, que en un espacio tan estrecho no podían jinetear. A más de uno le hicieron verla de todos los colores, pero el que se llevó la peor parte fue Pedro Moron, al que le abrieron los sesos de un golpe de macana, tomándole el caballo. El pobre cayó al suelo, y a pesar de estar herido de muerte, mató a tres con la espada, que perdió en uno de aquellos cuerpos emplumados, y arrastróse daga en mano, recibiendo golpes y cuchilladas, hasta que la hundió en un pie enemigo y, exhausto, vino a morir a los pies de don Diego de Jódar, que no pudo socorrerlo por tener sus propios problemas.

Es curioso, pero pocas jornadas de la conquista fueron tan apretadas como la batalla de Tzompico, donde nos mataron a quince de los nuestros. Fue un dia confuso, sangriento. Aquella mañana la misericordia de Dios quedaba muy lejos, quizá al otro lado de la ancha mar océana, y los totonacas fueron terriblemente diezmados mientras los españoles, a puros huevos, conseguimos abrirnos paso hasta otro campo ancho, donde nuestros artilleros, ballesteros y arcabuceros dieron lo mejor de si, mientras la caballería desorganizaba sus formaciones, y la infantería se cobraba con mucha sangre otomí los padecimientos sufridos en la garganta. Vive Dios que fue un dia que jamás olvidaré, porque cuando se perdieron entre las lomas, tenía dos buenas heridas, una en el muslo y otra en el brazo, asi como un buen cardenal en el pecho, e habiánme saltado dos tachuelas de la brigantina. La sangre chorreaba hasta mi codo (alguna era mia), y tardé un buen rato en recuperar la color y la respiración.
Sin más enemigo al que combatir, marchamos hacia uno de aquellos cerros, el más alto, donde encontramos un pueblo desierto (solo paseaban por allí algunos perros, que fueron metidos en la cazuela prestamente) y una torre de sus dioses, donde los capitanes sentaron el real, bautizando el lugar como "cerro de la Victoria".
03/05/2005 12:33 Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 3 comentarios.


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