Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

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Memorial de don Alonso de Diego

Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2006.

10/04/2006

Extracto de "In hoc signo vinces". Segunda parte de la novela

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En Tacuba está Cortés
con su escuadrón esforzado.
Triste estaba y muy penoso,
triste y con grande cuidado.
La una mano en la mejilla
y la otra en el costado,
hacia Tlacopan miraba.
Pregúntale, buen soldado,
¿Qué sucederá mañana?

La mañana.

Pocas veces saboree tanto el silencio y la calma como aquella mañana. Parecía que la cordura había vuelto a los hombres, más allá del desolado y polvoriento real, de los cuerpos de los muertos y las piedras humeantes de las ruinas y las calzadas destruídas. Desperté en silencio, y el mismo silencio me acompañó através del real, junto al borde de la calzada donde me alivié. El lago estaba tranquilo, y la silueta de dos bergantines se recortó en el horizonte, grácil en su vela hinchada por el incipiente viento. Entonces, sonaron de nuevo los gritos.

-Despertad -dije a los de mi escuadra mientras embrazaba la rodela y me calaba el morrión- Tenemos trabajo.

La gente de Tenochtitlán nos retaba de nuevo con sus gritos e imprecaciones. El campamento se despertó al punto. La rutina de la guerra hacía pláticos a los soldados. Al cabo, todo fue un relucir de arreos engrasados y pulidos, un relumbrar de lanzas, rodelas y espadas. La gente de Castilla acudía una vez más a la llamada.

-Buenos días, don Gonzalo -dijo Cortés, con la celada en la mano.
-Excelencia...

Don Hernán respiró el aire, que debía saberle a gloria, aunque a esas horas comenzaba a apestar con el hedor de los muertos, arrastrado por el cambiante viento.

-Buena mañana, a fe mia.
-Así es, excelencia -repuso Sandoval, mesurado.
-Bien, avanzaremos sobre la Plaza Mayor una vez más. Que vuestros peones ataquen las casas de alrededor y los jinetes barreremos la llanura.

Escupí al suelo, recto entre mis alpargatas, al tiempo que desenvainaba la espada y aguardaba la órden de don Gonzalo, que se volvió a mirarnos.

-¿Han comido algo vuesas mercedes? -preguntó.
-No hay con que, señor -repuse.
-Forrajeen algo, que no les pase lo mismo mañana.

El silencio mezclado con pisadas de botas. Los gritos se oían a lo lejos, al final de la gran calzada. Un barrio seguro, casi destruído por los combates nos contempló marchar, barba sobre el hombro. En medio de la calle, la figura muerta de una mujer con peto de algodón y atavío de guerrero. Apestaba a muerte, pasto de los gusanos, pero aún sostenía su macana en la mano, junto a una cesta volcada con unas mazorcas de maíz. Las metí en mi saquito del yantar, dando gracias a Dios por la casualidad. Entonces, se escucharon los gritos.
En las azoteas, decenas de guerreros comenzaron a lanzarnos una espesa lluvia de dardos, piedras, lanzas y flechas mientras nos imprecaban y se animaban con horribles gritos en su incomprensible lengua. Regresé a la columna cubriéndome con la rodela, donde repiquetearon las piedras como granizo sobre el techado.

-¡Cubránse, sigan avanzando! -bramó Sandoval, poniéndose la adarga por delante.

Arcabuceros y ballesteros devolvieron fuego por fuego, atinando con sus tiros a los más bravos y vociferantes, mientras nos movíamos como una pesada tortuga, débilmente protegida por rodelas, petos y cascos. A veces, alguien blasfemaba por una herida y se quedaba rezagado por no poder menear las piernas. A un soldado apellidado Téllez estuvieron a punto de matarle. Al salvar un puente semiderruido, quedóse rezagado por dos bellacos cortes que habían manchado sus calzas de sangre. Canoas llenas de guerreros se le acercaron, mientras la nube de piedras daba en acero y carne, haciéndole caer de rodillas. Era un soldado, de mi escuadra y me sentí responsable.

-¡Téllez! -bramé, previniéndole.

Cargué con la rodela por delante a dos guerreros que iban a echarle el guante. Con el impulso y el golpe, uno dellos cayó al agua, mientras el otro se volvió para atacarme, pero mi acero entró por donde solía, a los riñones. Cayó en un alarido, mientras arrastré como pude al pobre Téllez, inconsciente por una mala pedrada en la cabeza. Agarrado a los hombros de dos lanceros, el infortunado soldado consiguió avanzar con nosotros, y al fin llegamos a la plaza.

-Los de Alvarado ya han llegado -dijo don Gonzalo, contemplando la sarracina que la caballería de don Pedro hacía en la explanada de los templos- Alonso, los vuestros a despejar las terrazas de alrededor. No quiero más lluvia.

Me toqué el ala del morrión.

-¡Los míos, conmigo!

Entre en la primera casa que vi, un palacete grande y sinuoso de donde brotaban inconfundibles gritos y pasos. Recorrimos las estancias y corredores, matando a algún paje de los suyos, que andaban con haces de lanzas y cestos llenos de piedras para llevárselos a sus mejores. En la terraza, decenas de guerreros dejaron de hacer puntería para acometernos con lanzas, macanas y espadas.

-¡Colomera, Santiago y Colomera! -bramé, apellidando mi terruño antes de lanzarme contra lo más espeso de ellos.

Golpes y golpes sin cuento. Ya no esperaban por turno, ni competían entre ellos. Habían aprendido a luchar por sobrevivir, y vive Dios que lo hacían bien. Tajé un brazo haciendo un molinete y empujé a un guerrero particularmente emplumado con la rodela, recibiendo en el camino un buen golpe en el ala del morrión, haciéndome cabecear. Los rodeleros se aplicaban a lo suyo, que no era poco, mientras, a base de redaños y aguante, di en carne dos veces, tirandoles por el suelo. Al terminar, ví volar por el aire la masa ingente de uno de aquellos montantes de agudo filo, el cual esquivé de milagro, hurtando el cuerpo.
Era un guerrero jaguar, y tiró la pesada arma para empuñar la más ligera espada de obsidiana, con la que me acometió, protegido por su rodela. Paré el golpe batiéndole la madera y respondiendo con un tajo de arriba a abajo, buscándole la cara. Desvió con su rodela, lanzándome un golpe de revés, que paré con mi escudo antes de entrarle en juego corto, rodela con rodela, empujándole hacia atrás. Era fuerte, era bravo, y tras un ligero traspiés me empujo a mi, con que tropecé con uno de los muertos que sembraban el suelo, dando en tierra. Tuve el tiempo justo de para un golpe suyo con el umbo de mi escudo, e intentar levantarme, reculando con los pies. Entonces, vi su rostro orgulloso y aquilino componer un gesto de desprecio, erguido en la mole de su fuerte cuerpo cubierto por la librea de su órden. Se quedó quieto.
Un joven guerrero novel, de los del moño en el pelo, me agarró del cuello con el antebrazo, intentando bloquearme para que sus compañeros me ataran o desarmaran. Intenté clavarle la espada, pero la esquivaba una y otra vez moviendo la cabeza. Solté la toledana, más porque me la arrebataban. Gruñí, iracundo, desenfundado la daga, que clavé al infortunado en una pierna. El guerrero jaguar seguía quieto, mirándome mientras, recuperada mi espada, di buena cuenta de mis captores, levantándome de nuevo. Me sentí con espacio y me afirmé en guardia, desafiando al guerrero con un escupitajo sanguiolento. Siguió sin moverse. Me miró a los ojos con infinita ironía mientras los rodeleros, libres ya de sus propios combates, cerraron contra él, y le dieron muerto en el suelo de varias estocadas.

-Alonso -dijo don Luis Martínez, poniéndome una mano en el hombro- Sigamos, nos queda faena.

Y yo me quedé unos segundos más, unos interminables segundos mirando a aquel hombre, preguntándome que habría pasado por su cabeza para dejarse matar de aquel modo...
10/04/2006 21:55 Autor: targul. Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 3 comentarios.


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