Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

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Memorial de don Alonso de Diego

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03/05/2005

Extracto de "In hoc signo vinces". Segunda parte de la novela

targul2.jpgAbrí los ojos al dia, sintiendo como me zarandeaban suavemente por el hombro. El tacto era cálido y áspero, familiar.

-Despierta rapaz- dijo don Diego de Jodar

Moví los brazos, entumecido, sintiendo como me molestaba el cálido abrazo de la manta india. Miré, confuso y soñoliento, a los hombres que todavía dormían. Algunos también se estaban aseando, veteranos y previsores. Adiviné una sonrisa en la boca de mi mentor.

-Hay que ganarse la honra- dijo, no sin cierta guasa, frunciendo levemente el ceño y con un apunte de sonrisa bajo la fiera barba.

Me levanté, desperezándome. Salí con cuidado al exterior de la tienda de fieltro. Aún despuntaba el alba, y las naborías molían el maiz preparando las tortitas. Caminé entre algunos centinelas que, calados de frio, sostenían impetérritos sus alabardas. Fui a aliviarme detrás de una mata, tembloroso por el frío. En aquella maldita "tierra de los riscos" soplaba el viento con un susurro que ponía la carne de gallina. Andaba yo de regreso a la tienda cuando topéme con doña Marina, que venía sorprendemente alegre. No parecía sino que el peligro la tentara, y nadie diría que el día anterior tembló visiblemente al ver descender de las colinas a los otomíes. Quizá para ella todo fuera como un sueño, un juego o una venganza. A fin de cuentas, nosotros éramos todavía para ella algo parecido a dioses, y no creo que tuviera ninguna duda sobre el resultado de la batalla que iba a librarse ese mismo día.
Saludóme con los ojos, al aire distraido, entrando en la tienda del capitán general. Sentí la mano cálida del mi antiguo amo posarse sobre mi hombro. Busqué sus ojos, pero estos miraban hacia el límite del campamento. Los batidores a caballo regresaban de la descubierta, sin duda con noticias frescas. Por sus gestos se deducía que íbamos a tener trabajo ese día. Sin más preámbulo, recogí mis bártulos, púseme morrión, brigantina y gola, abrocheme el cinto y, antes de atar la manta a mi espalda y recoger la rodela, comprobé que la toledana entraba y salía correctamente de su vaina, y que las presillas del tahalí estaban bien abrochadas. Hecho aquesto, salí afuera, tanteando con la mano la parte trasera de mi cinturón, tomé mi daga de orejas y corté un pedazo de tortita del día anterior, que mastiqué para asentarme el estómago. Casi en el acto, sonaron pitos y tambores, tocando diana.

Salió al punto Cortés, aderezado ya para la batalla, requiriendo al paje Jaramillo a "La Mula", la cual montó con mucha gallardía, tomando la celada con parsimonia mientras los totonacas despertaban a su gente y preparaban la marcha, y los españoles recogíamos con presteza el real. Reuniose nuestra compañía, Sandoval a la cabeza, montando a su "Rolandillo" con bizarra estampa. Como ya dije a vuestras mercedes, la suerte quiso que estuvieramos bajo mando del más animoso y sensato de los capitanes de la empresa, a pesar de que era hombre joven, que no mozo. Asi que, puestos ya en orden, comenzose la marcha, ascendiendo por polvorientas pendientes y pasando en cosa de dos horas hasta un valle salpicado con un par de casas de adobe y algunos cultivos. El prado se encajonaba al fondo entre dos lomas y un río que serpentaba entre las piedras. Pero lo más relevante era un nutrido grupo de guerreros otomíes que cerraba nuestro avance.
Puntilloso, Cortés requirió con mucha política a Godoy, el notario. Acudió este al punto, con su rostro avinagrado contraido por un leve rictus. Se notaba que detestaba cada vez más la rutina impuesta desde Potonchán. Hubo un breve intercambio de palabras, y adelantose el enlutado leguleyo, leyendo en voz alta el requerimiento. Los capitanes, mientras tanto, comprobaban que la formación estaba bien cerrada y cada hombre hacía su oficio. Los arcabuceros prendieron las mechas, y los ballesteros montaban las vergas y ajustaban cranequines, patas de cabra y armatostes, cargando sus armas. Los indios acercábanse, primero en órden, luego abriéndose como solían en un ancho y dilatado frente. Cientos de gargantas coreaban el nombre de su nación, y todo eran armaduras de algodón y brillar de lanzas, macanas y jabalinas. Los oficiales, con sus vistosas banderolas emplumadas y armaduras de algodón de cuerpo entero, les daban ánimos.
Godoy intercambió una mirada inquieta con Cortés, ya que era incapaz de hacerse oir entre semejante algarabía. La última frase del requerimiento muriole en la gorja, mientras intentaba guarecerse de la lluvia de las flechas y las jabalinas que caían del cielo como si granizara. En ese momento, don Hernando se hirguió en la montura, bajándose el visor de la celada y echando mano a la espada, que relució brevemente en el sol matutino cuando la venció hacia delante, dando el apellido.

-¡Santiago y a ellos!- exclamó
-¡Compañía! ¡Calad lanzas!- bramó Sandoval

Un breve clamor recorrió nuestras filas, impresionando a los totonacas que, en nuestros flancos dábanse ánimo con cánticos. "¡Santiago, Cierra España!". La fiel infantería aguantó estoicamente cuando dardo le lanzaron, mientras los jinetes partían al galope, en grupos de tres, disgregando a las primeras avanzadas enemigas, alanceando peones y oficiales. A una señal de Cortés, la infantería movióse hacia delante, a paso de tambor. Juan de Corral flameaba la enseña con el águila bicéfala, dándonos ánimos "Pocos son, no se disminuyan vuestras mercedes". Al primer contancto, sangriento y mortífero, castigados por la caballería que estaba en todas partes, muertos muchos oficiales a golpe de ballesta y arcabuz, descompusieronse a los primeros tiros de falconete, retrocediendo hacia el río.
Advertí, o creí advertir, la mirada veterana de don Diego escrutando las lomas entre tajo y tajo, apretada la rodela y los dientes, salpicando con la sangre de valerosos guerreros. No era para menos, pues hasta el más menguado hubiérase dado cuenta de que aquello olía a trampa. Y pronto nuestros temores se confirmaron, pues cayó sobre nosotros una espesa lluvia de flechas y dardos que nos llevó algún hombre. Cayeron sobre nosotros, bajando las lomas a la carrera. Se estrellaron contra lanzas y escudos, haciendo perder pie a más de un castellano. Descargaban con furia golpes con sus espadas y macanas, abollando petos y buscando herir rostros y brazos. Por cada uno que caía saltaban dos, ansiosos, valientes, buscando la gloria del combate.

-¡Cerrad filas! ¡Duro y a ellos!- exclamaban los capitanes.

A mi lado, ciego de furia y borracho de matar y matar, defendiáse don Gonzalo, dando estocadas y mandobles con energía. Apartóse don Diego, empujado por dos otomíes, cuando vinome uno encima, levantando en alto una enorme espada de obsidiana que debía pesar un quintal. Sin determe en compases de esgrima, empujé con la alpargata al guerrero que había despachado hacía nada (que se sujetaba las tripas de mala manera) y ofrecí mi lado izquierdo al oficial otomí, recibiendo en la rodela un terrible golpe que casi me descoyunta el brazo. Rapidamente metí pies, venciéndome hacia delante con el lado derecho, ensartándole el vientre como a un morcón. Quedóse sin aire, soltando el montante, agarrando mi espada, cual si no se creyese que eso le había pasado al hijo de su madre. Y lo último que recuerdo fue su semblante sorprendido cuando, después de desclavar mi acero empujándolo de un puntapie, cayó al suelo, y sus compañeros lo pisotearon hasta la muerte.
Juro por Dios a Vuestra Majestad que aquella jornada lo tuvimos negro. No más bajando de las colinas, rodearon a nuestros jinetes, que en un espacio tan estrecho no podían jinetear. A más de uno le hicieron verla de todos los colores, pero el que se llevó la peor parte fue Pedro Moron, al que le abrieron los sesos de un golpe de macana, tomándole el caballo. El pobre cayó al suelo, y a pesar de estar herido de muerte, mató a tres con la espada, que perdió en uno de aquellos cuerpos emplumados, y arrastróse daga en mano, recibiendo golpes y cuchilladas, hasta que la hundió en un pie enemigo y, exhausto, vino a morir a los pies de don Diego de Jódar, que no pudo socorrerlo por tener sus propios problemas.

Es curioso, pero pocas jornadas de la conquista fueron tan apretadas como la batalla de Tzompico, donde nos mataron a quince de los nuestros. Fue un dia confuso, sangriento. Aquella mañana la misericordia de Dios quedaba muy lejos, quizá al otro lado de la ancha mar océana, y los totonacas fueron terriblemente diezmados mientras los españoles, a puros huevos, conseguimos abrirnos paso hasta otro campo ancho, donde nuestros artilleros, ballesteros y arcabuceros dieron lo mejor de si, mientras la caballería desorganizaba sus formaciones, y la infantería se cobraba con mucha sangre otomí los padecimientos sufridos en la garganta. Vive Dios que fue un dia que jamás olvidaré, porque cuando se perdieron entre las lomas, tenía dos buenas heridas, una en el muslo y otra en el brazo, asi como un buen cardenal en el pecho, e habiánme saltado dos tachuelas de la brigantina. La sangre chorreaba hasta mi codo (alguna era mia), y tardé un buen rato en recuperar la color y la respiración.
Sin más enemigo al que combatir, marchamos hacia uno de aquellos cerros, el más alto, donde encontramos un pueblo desierto (solo paseaban por allí algunos perros, que fueron metidos en la cazuela prestamente) y una torre de sus dioses, donde los capitanes sentaron el real, bautizando el lugar como "cerro de la Victoria".
03/05/2005 12:33 Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 3 comentarios.

Capitán Bomprezzi

capitanbomprezzi.jpgBiografía

El capitán Alberto Bomprezzi nació en Atella, Nápoles, en 1490. Era hijo de un condottiero italiano llamado Ennio Bomprezzi y una cantinera española, Juana Navarro.

Destacó desde chico en peleas y pullas contra los mozalbetes de la villa, siendo reclamado por su padre a los 7 años, como paje de rodela. Junto a él, vivió las batallas de Ceriñola y Garellano, peleando bajo la bandera de los Colonna y la del Gran Capitán, don Gonzalo Fernández de Córdoba. Sentó plaza como soldado a los 18 años, combatiendo junto a su padre en múltiples batallas y escaramuzas. Durante la funesta jornada de Marignano (1515), la caballería ligera mandada por Ennio Bomprezzi fue masacrada por los gendarmes franceses, muriendo el condottiero de tres lanzadas.

Después de esto, Alberto decidió sentar plaza como soldado en el Tercio Viejo de Nápoles, iniciando una fructífera carrera militar que le llevó a la plaza de capitán en 1521, con permiso de recluta. Efectuó la misma en el litoral andaluz, fundamentalmente en Cádiz y Sevilla, embarcando de nuevo hacia tierras itálicas en 1522. Participó destacadamente en la batalla de Pavía (1525) y el sacco de Roma (1527), acabando sus días de manera heroica a manos un patrulla de "spahíes" turcos durante el asedio de Viena (1532).

Semblanza

El capitán Bomprezzi es conocido como un excelente espadachín, buen mediador y mejor estratega. Gusta de gastar verbos con sus señores soldados, especialmente ensalzando ciertas hazañas militares antiguas como ejemplos del valor y la abnegación. Buen oficial, nunca se plantea mandar a un soldado en su lugar. Siempre a la cabeza y sin temor, a pesar de sus numerosas heridas y cicatrices, su ánimo y pasión por el ejercicio de las armas no decae ni en los momentos más delicados.
03/05/2005 18:20 Enlace permanente. Tema: Personajes No hay comentarios. Comentar.

Diego de Jódar

jodar1.jpgBiografía

Diego de Jódar nació en Canena, Jaén, el 5 de septiembre de 1470. Hijo único de la una familia de hidalgos de privilegio, sentó plaza como peón del ejército real durante la campaña de Granada (1485-1492), destacándose en el asedio de Vélez-Málaga. Barajó pasar a las Indias con Colón en su tercer viaje, pero al final resolvió alistarse a las fuerzas que Fernando de Aragón mandaba a Italia bajo las órdenes del Gran Capitán, participando en las tres campañas napolitanas (1494-1504) y la toma de Cefalonia (1500).

Posteriormente embarcó hacia África, donde combatió bajo las órdenes del cardenal Cisneros, siendo su último hecho de armas la toma de Orán (1508). Gastó los dineros de su licenciamiento en apuestas y juegos de naipes, malviviendo durante tres años como espadachín a sueldo o escolta. Un turbio asunto con un oidor de la ciudad de Granada (al que mató de dos estocadas), le hizo evadirse de la capital, llegando a la villa de Colomera. Allí sedujo a Mª del Carmen Molina Castro, esposa de Álvaro de Diego, descendiente de repobladores castellanos, mientras este se encontraba recogiendo la aceituna. Alonso de Diego, vástago del matrimonio, informó a su padre de las infidelidades de su madre, siendo apresado don Diego de Jódar por el alguacil y el señor de la villa.

Una vez emparedado, el joven Alonso propuso sacarlo de la carcel a cambio de convertirse en su paje de rodela, cosa que aceptó a regañadientes. Juntos viajaron hasta Sevilla, donde Diego se reencontró con dos veteranos de Italia y África: Niccolo Piazza y Fernando Franco. Tras un turbulento asesinato cometido en Sanlúcar de Barrameda, pasaron a las Indias, donde participaron en la conquista de Cuba, la represión de la revuelta de los Ciguayos y la conquista de México. Allí, durante el funesto episodio de la Noche Triste, Diego de Jódar fue capturado vivo por los aztecas, que lo sacrificaron al día siguiente en el altar del Templo Mayor de Huitzilopochtli-Tlaloc.

Semblanza

Un hombre fiero y seco, en palabras y gestos, estoico ante la vida y la muerte, la felicidad o el dolor. Su única debilidad conocida eran los juegos de naipes, siendo en ellos mal perdedor y amante de terminarlos con una sesión adjunta de esgrima, y quizá las mujeres. Respetado y temido por la tropa, su veteranía le llevó a puestos militares de suboficial (cabo y después sargento) durante su estancia en las Indias.
03/05/2005 23:49 Enlace permanente. Tema: Personajes Hay 2 comentarios.

Alonso de Diego (Conquista de México)

caratargul.jpgBiografía

Alonso de Diego nació el 22 de Mayo de 1500, hijo de Álvaro de Diego y Mª del Carmen Molina Castro. Alonso pasó su infancia ayudando a su padre y el párroco local, fray Lucas de Linares, del hábito franciscano, que le enseñó a leer y a escribir. Tomó afición por la lectura secreta de ciertos libros de caballerías del viejo señor Fernán Álvarez de Toledo, entre ellos las "Sergas de Espladián" y el "Tirante el blanco".

Determinado a conseguir la gloria através de las armas, aprovechó la llegada al pueblo de un veterano de las guerras de Italia (Diego de Jódar), y el adulterio de su madre con el susodicho para conseguir un amo al que servir. Partió con Diego de Jódar hacia Sevilla, y de allí a las Indias. Vivó junto a su amo la represión de la rebelión de los Ciguayos en La Española. En Cuba se desempeñó como paje de rodela, aprendiendo el oficio de las armas de manos de su amo y del jóven hijo de un maestro de esgrima castellano, Oscar Carrasco de la Torre.

Más tarde embarcó junto a Hernán Cortés en la expedición a Tierra Firme, que se convertiría en la conquista del Imperio Azteca. Durante la misma se destacó por su arrojo y valor en el combate, especialmente en la Noche Triste, la batalla de Otumba (1520) y el cerco a Tenochtitlán (1521)

Semblanza

Un muchacho despierto y travieso, que irá haciéndose mayor y configurando su personalidad, hasta convertirse en el eje central de la novela
03/05/2005 23:48 Enlace permanente. Tema: Personajes Hay 1 comentario.

12/05/2005

Antonio de Leyva

leyvapeque.jpgAntonio de Leyva, príncipe de Áscoli (1480-1536). Natural de Navarra, pasó a Italia en 1502 como teniente de la bandera de caballos de su tío Sancho Martínez, para combatir junto al Gran Capitán.

Su carrera militar fue brillante. Se destacó durante la batalla de Biccoca (1522) al mando de 400 piqueros y arcabuceros españoles, ganando fama de esforzado capitán. Actuó bajo las órdenes de Prospero Colonna, guardando Asti (1522) y Pavía (1523). Bajo el mando del marqués de Pescara guarecía el Milanesado ante la invasión francesa de 1524, guareciéndose nuevamente en Pavía. Resistió durante largos meses el asedio del ejército galo, que se hallaba bajo el mando del rey Francisco I, dándoles el golpe de gracia en una salida sopresiva durante la batalla de Pavía (1525).

En 1527 quedó a cargo de Milán después de la expulsión del duque Francesco Sforza, resistiendo los asedios de 1528 y 1529. En este último, se anticipó a la llegada de las tropas del general St. Paul mediante una "encamisada": puso en marcha al ejército en plena noche y sorprendió al enemigo de madrugada. Pese a hallarse enfermo de gota, Leyva ordenó que le llevaran al fragor del combate en su silla de manos, desde donde repartía órdenes, ánimos y voces, consiguiendo una sonada victoria frente a las armas francesas.

Tras la ocupación de Bolonia en 1530, se retiró a su señorío de Monza. Participó en la campaña de Túnez de 1535. Por esos días, su fama era tal que el Emperador, Carlos V, durante la revista de las tropas que iban a embarcar desde Italia, tomó una pica y desfiló delante de Leyva, diciendo: "Carlos de Gante, soldado del valeroso Antonio de Leyva".
12/05/2005 12:26 Enlace permanente. Tema: Personajes No hay comentarios. Comentar.

Jordi Torán

jordi.jpgJordi Torán nació en Berga, Cataluña, el 6 de junio de 1500. Su padre, Franscesc Torán era un pequeño banquero barcelonés que dejó encinta a su madre, una tabernera viuda llamada Blanca Morá, durante uno de sus viajes cortesanos junto al rey don Fernando. A los diez años de su nacimiento, su madre murió de peste, no sin antes revelarle al joven Jordi la verdadera identidad de su padre. Viajó a Barcelona donde encontró a su progenitor, que había desposado con una dama de la baja nobleza local, doña Nuria Castells. Aunque no fue reconocido como hijo legítimo por el banquero catalán, este le dejó bajo la tutela de Francesco Contarini, capitán de la nave mercante "Verge de Neula".

Sirvió como marinero hasta los catorce años, cuando estuvo apunto de ser ahorcado por el alcalde de Messina a petición de Contarini por el robo de cien ducados del tesoro personal del dicho capitán. Dando de puñaladas a dos corchetes se evadió a Nápoles, donde se alistó como paje y tambor de las tropas de Prospero Colonna. A los 18 años sentó plaza como arcabucero bajo el mando de Antonio de Leyva, participando en la batalla de Biccoca (1522). Perdió su plaza durante un duelo con el sargento de su compañía, al que mató de una estocada en la garganta. Se reenganchó luego, primero como soldado particular y de nuevo como arcabucero en la compañía del capitán Bomprezzi.

Trabó una estrecha inquebrantable amistad con el cabo Alonso de Diego, participando junto a él en numerosas acciones bélicas como la encamisada de Melzi (1524), la batalla de Pavía (1525) o el sacco de Roma (1527). Se licenció honrosamente en 1530 tras la invasión de Bolonia, retornando a Barcelona. Fue encarcelado por el asesinato de su padre biológico pero logró evadirse de la prisión antes de ser entregado a la Inquisición. Se reenganchó en la compañía del capitán Bomprezzi poco antes de que partiera rumbo a Viena, combatiendo junto a su amigo Alonso en la funesta escaramuza del bosque de Güns, siendo apresado por los turcos. Remó junto a su camarada en una galera otomana como esclavo hasta ser rescatado por los caballeros de Malta. Participó en el asedio de Túnez (1535), donde encontró la muerte a causa una herida de flecha disparada por un jenízaro durante la toma la Goleta.
12/05/2005 00:06 Enlace permanente. Tema: Personajes Hay 1 comentario.

13/05/2005

Extracto de "Monna Doris", tercera parte de la novela

lansquenete.jpgEl lansquenete sopló a los dados, lanzándolos sobre la mesa. Uno, dos, uno. Ganó un tanto.

El mercenario era un hombre de tamaño descomunal, brazos podersos y hombros anchos. Vestía a la tudesca, unas calzas de dos colores, blanco y rojo a rayas, un jubón con más acuchillados que un espadachín manco, con unas mangas anchas marrones y rojas. Tenía una parlota de exagerado penacho azul anudada al cinto, donde cargaba una daga de riñones y una espada destripagatos, corta y ancha, además de una bolsa de cuero de donde había sacado tres carlines de plata para apostar. Se tocaba la barba, rojiza, enorme y abierta, mientras mirábame con sus ojos azules, el pelo desordenado cayéndole sobre la frente. Su camarada, un arcabucero cejijunto y rubio que tenía unos dientes tan negros como su alma se tenía detrás de él, junto al gigantesco montante de hoja flamiguera apoyado en la pared del garito, bajo al acha encendida que daba un poco de luz a aquel ángulo del antro (siquiera nos habían pedido entregar las armas al entrar, asi que puede figurarse Vuestra Majestad la calidad del lugar).

-Euer hochwohlgeboren, zahlen- inquirió

Puse dos maravedíes sobre la mesa, pagando el tanto. Jordi nos echaba furtivas miradas entre beso y beso. Ya tenía a la daifa con la falda levantada y sentada sobre suya, después de invitarla a una jarra de vino y a lo que ella quisiera. Asintió el tudesco, aprobador. Tomé los dados con cautela, solo me quedaban tres monedas apiladas en la mesa manchada de vino. Besé los dados, moviéndolos dentro de mi mano cerrada. Como perdiera estaba bien jodido. La madera de los cubos restañó brevemente sobre la mesa, mientras rodaban al otro extremo, justo enfrente del doblesueldo. Seis, seis y seis.

-Bumsen- dijo entre dientes, incrédulo. Mirome muy friamente, cual si aquello fuera una chanza, trampa o cartón.
-Pague vuestra merced- dije, muy cuajado de ánimo y apoyando la palma de la mano en el pomo de la espada.

Lo que vino después fue confuso y rápido. El doblesueldo intercambió una mirada plática con el arcabucero, que echó mano a la espada. Se oyó un grito de mujer, y una blasfemia en italiano dicha por esa misma voz. El tudesco respondió con un breve "nein", girándose hacia el montante. Mientras tanto, el rubio tirome un tajo que me hizo caer de la silla al apartarme. La concurrencia había enmudecido, y todos los ojos ahora estaban fijos en nosotros. Al levantarme vi como se iban a marchar con mucha desvergüenza, cual si estuviera todo acabado. La daifa se levantaba del suelo, dolorida en las posaderas, y mi camarada ya estaba de pie, media bragueta desabrochada pero con la toledana en la mano y su daga de misericordia en la otra.

-Bellacos- dijo en voz alta - Hideputas sin honra.

Algunos tudescos alli presentes miraron con muy malos modos a sus camaradas. Una cosa era batirse por un mal perder, y otra hacerlo sin modales, como dos asesinos sin pizca de honra. Picados en su orgullo, miráronse un momento, y luego el que había jugado conmigo, que ya tenía el montante en la mano, sacaba pecho y nos miraba, hablando en un italiano lleno de resonancias nórdicas.

-Se, signori, desiderate risolvere questa materia come i cavalieri, migliori vanno alla via.

Aquello ya estaba mejor. Ayudóme el catalán a levantarme, abrochándose bien la prenda viril. Pronto aparecieron dos camaradas tudescos y dos de nuestra compañía, el sargento Ayala (que en cuestiones de honra y fuera de servicio se batía como el que más) y Pedro de Valdivia. Fuimos fuera, donde la luz menguaba sobre los tejados de Pavía y algunos vecinos decían el agua va, echando las inmundicias por la ventana antes de hora. Un solitario perro calcorreó lejos de allí, respondiendo a la llamada de su amo, un curtidor que cerraba su tienda oliéndose la pendencia. Dispusiéronse los padrinos tapando los accesos a la calle, mientras, unos frente a otros, nos afirmamos para el combate.
Tomé la daga de orejas con la siniestra, consciente de que el pesado montante de mi rival no conocía capa lo bastante gruesa como para abroquelarse. Medi bien los pasos, moviéndome en un curvo hacia la derecha. Se dio la seña, que fue un apellido militar, y comenzó el duelo. Rapido como un aspid, el tudesco del montante había cogido el recazo con la diestra, lanzándome un tajo de arriba a abajo, rápido y a la cabeza. Me eché para atrás, ofreciéndole el lado izquierdo y esquivando el golpe (que me pasó a tres pulgadas de la nariz). Jordi había recibido un tajo en el antebrazo, después de haber fallado el batimento (no estaba acostumbrado a batirse contra hojas tan cortas), y empujaba con la bota al tudesco, mientras le marcaba la cara con un chirlo sobre la ceja.
Entró luego el mio de tajo, uñas arriba y de derecha a izquierda, buscándome la mano y la daga. Lo vi claro, cual destello fugaz, y desvié la punta del doblesueldo hacia mi línea interior (a la sazón la izquierda), cambiando de guardia con el pie izquierdo, girando el cuerpo y adelantándome en un desplazamiento de libro, lineal como un virotazo de ballesta, entretando, con la hoja del tudesco desviada por la daga, lleveme el arriaz a la cadera, uñas adentro, pasándole el vientre de parte a parte. Don Oscar Carrasco de la Torre hubiera estado muy orgulloso de aquella embebida. Se revolvió el tudesco, escupiendo sangre, apartándome a manotazos mientras sacaba la daga. Perdí pie al pisar una boñiga de caballo, dándole tiempo para hacerlo y perdiendo mi espada en su corpachón.
Diome un par de cuchilladas, a ciegas, mientras miraba en dirección al alarido de su compañero, que con tres cuchilladas y una estocada la garganta, se iba por la posta entre un mar de sangre roja que le chorreaba por la gola. Parpadeó el lansquenete, cada vez más blanco de tez (a pesar de que ya lo era de natural), y al cabo reparó en el torzal de mi espada, que estaba a pocos palmos de su barriga. Aprovechando el respiro y mi lejanía, fue a sacar su destripagatos con la otra mano, pero una tos gorgoteante y sanguiolenta le hizo desmayarse y caer de culo al embarrado pavimento. Sus ojos vacíos, indiferentes, miraban la empuñadura de la espada, mientras yo la tomaba con suavidad, vigilando la mano de su daga, empujándolo con la bota mientras desclavaba. Ahora si gruñó, el hideputa, cayendo al suelo. La sangre salía por su barriga ahora también. Miraba el cielo del ocaso entre los tejados y la ropa tendida con sus ojos azules y dio su alma a Dios, o al Diablo.
13/05/2005 13:51 Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 3 comentarios.

24/05/2005

Rodelero Alonso de Diego, conquistador (20 años)

uniforme1.jpgSu aspecto presenta una curiosa mezcla europa e indíngena, medieval y moderna. Lleva camisa de paño y, en vez de calzas, cubre sus piernas a la manera de los labriegos y gente sencilla, con dos perneras independientes. Siguiente una práctica muy popular lleva una atada a la cintura y otra caída desde la rodilla. Para el observador contemporáneo resulta algo chocante la presencia en las calzas de la "bragueta", la protuberancia redondeada que cubría y resaltaba los órganos viriles. Pero en el siglo XVI nadie le daba mayor importancia, por ser algo evidente. Incluso se podía usar como bolsillo. También ha sustituido su calzado de cuero europeo por sencillas y cómodas alpargatas indias, por lo que ha descosido la punta de sus perneras (que probablemente ya estuvieran rotas) para dejar asomar el dedo pulgar del pie y afianzar mejor el cordón de sujeción del calzado.

En su cinturón lleva una cuchara de palo -que junto al cuchillo eran los únicos cubiertos que se necesitaban en la época- y una bolsa de cuera donde guarda sus ganancias (sobretodo pendientes y adornos de oro indígenas). Asimismo, y colgando de una cuerda, una bolsa llena de frijoles y tortas de maíz para recuperar energías y matar el hambre. A su espalda lleva enrollada una manta india.

Protege su cuerpo con una brigantina formada por cientos de pequeñas placas de mental, cuyos remaches asoman regularmente sobre la capa de cuero que los cubre, mucho más adecuada que el peto de acero para el clima y el tipo de guerra con los indios, donde no era necesario guardarse de armas de hierro. Por el contrario conserva su gola y casco de metal, perfectos para proteger el cuella y la cabeza de los numerosos dardos y pedradas tan habituales en las contiendas del Nuevo Mundo. El casco es un morrión del llamado tipo español, abombado, sin cresta y rematado por un peculiar pico ganchudo. Sus alas protegen el rostro y la nuca, tantos de golpes como de los rayos del sol, sin mermar la visibilidad y sin atosigar. Completa sus defensas con una rodela de acero, perfecta tanto para cubrirse de los dardos y las flechas como en la lucha cuerpo a cuerpo.

Nuestro belicoso protagonista descansa tras una escaramuzaa en campo abierto contra las tropas de la Triple Alianza. En previsión de un contrataque se mantiene alerta, y no ha limpiado la sangre de la hoja de su espada. Este modelo "de punta y corte" con una elaborada guarnición de lazo fue heredado de su difunto amo, don Diego de Jódar, y pertenecía a un noble italiano que combatió en la toma de Cefalonia (1500). La empuña de la forma habitual, pasando el dedo índice sobre el arriaz, ejerciendo así una presa más firme sobre la empuñadura.

A su izquierda se detalla (por ir en la parte trasera del cinto y no ser visible al lector) la daga "de mano izquierda" de este rodelero, del modelo llamado "de orejas", muy popular entre españoles e italianos. Además de combinarla con la espada en ausencia de la rodela, desarrollando el refinado arte de la esgrima "de juego estrecho", era muy apreciada como útil o apero, con el que cortar casi de todo.

Parcialmente extraido de: "Hombres y armas en la Conquista de México. 1518-1521" Pablo Martín Gómez
24/05/2005 00:12 Enlace permanente. Tema: Uniformología Hay 1 comentario.


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