Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

Temas



publicidad

¿Y estos anuncios?

Enlaces

Archivos

Memorial de don Alonso de Diego

Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2005.

12/07/2005

Extracto de "Corazón y deseo", primera parte de la novela

esgrima.jpgEl calor apretaba, y el monótono sonido de las chicharras enmarcaba la recogida de una de las parcelas de tierra salpicadas por maíz ya maduro. Los taínos, semidesnudos, metían las mazorcas en sus cestos bajo la atenta mirada del capataz y el látigo que raramente usaba. La razón de este trato humanitario saltaba a la vista: Paseándose por el maizal con un zaque de agua, la figura de un dominico que, por pragmáticas del rey, debía pagar el propio encomendero.
Sentado bajo la sombra del zaguán del palacete, jugaba a taparles el agujero a unas laboriosas hormigas. Ante la catástofre, intentaban liberar la entrada de su diminuta galería de la piedra que la estaba cegando. Otras, en cambio, se perdieron entre las junturas de la pétrea tapia, buscando otras entradas. En estos entretenimientos estaba cuando, tras sentir unas pisadas de bota a mis espaldas, un grueso peto de cuero cayó delante de mi.

-Ponte eso rapaz- dijo don Óscar.
-¿Haremos daga hoy, o cuerpo a cuerpo?- pregunté yo, cogiendo la prenda.

Sin decir más, echó a andar, pasándome por el lado en dirección al palmeral. Llevaba una montera, guantes de cuero recio y un peto como el mío, amén de una vara y una espada que llevaba apretada bajo la axila. Le seguí, excitado. El maestro de armas, tras comprobar la firmeza del suelo y escoger un lugar de razonable sombra bajo las anchas hojas de las palmeras, me tiró al descuido un par de gruesos guantes que olían a cuero y sudor. Disponiéndose frente a mi, tomó la espada y alzó el arriaz hasta su nariz.

-La verdadera diferencia entre un gentilhombre y un advenedizo que se las da de tal reside en esta hoja- dijo, grave, moviendo el arma hasta disponerla paralela al suelo, mostrándome su punta- La espada es el arma más noble de cuantas un cristiano puede portar. La espada es para el hidalgo una prolongación de su brazo, terrible y certera, un instrumento con el cúal poder acrecentar y defender su honra.

Viéneme a la memoria aquel dicho castellano sobre las espadas de Toledo "En el Tajo fui forjada, y a tajos gané mi honra". Sin más preámbulo, ofreciome la empuñadura y tomó su vara. Se trataba de una espada negra, que así se llaman aquellas fechas para entrenar, sin filo aguzado y con una punta razonablemente redondeada. Había visto muchas espadas como aquella, de patillas, con buenos gavilanes y dos arquillos ambos lados del arriaz.

-Tómala- dijo el encomendero.

La cogí, despacio, mientras noté como a mi mentor se le crispaba la mano entorno a la vara, con la cúal me dió un recio golpe en la mano que me hizo soltar el acero. Sonreía, bajo su barbita recortada y aristocrática, mientras metía la punta de la vara en el guardamanos de la espada caida y volvía a alzarla a la altura de mis manos. Me abstuve de preguntar, para evitar más golpes.

-¿Que vas a coger zagal, una espada o un bastón?- preguntó
-Una espada, señor- repuse, humilde.
-Entonces no la cojas como un bastón.

Me mostró, pasando un dedo cruzado sobre el arriaz y apoyándolo en el recazo, protegido por los arquillos. De esa manera, explicó, se ejercía una presa más firme sobre la empuñadura y se tenía mayor sensibilidad con respecto a la punta del arma. Dicho esto, se separó a la distancia de su vara extendida e, hirguiéndose, hablaba grave.

-Antes de mostrarte el arte de la destreza de la espada, que algunos llaman esgrima, debes jurar que nunca desenvainarás sin un motivo razonable, ni envainarás sin haber dejado tu honra, al menos, intacta.

Yo era joven y estaba lejos de comprender el alcance de esas palabras. Durante todos estos años, desenvainé mi espada tantas veces que ya he perdido la cuenta. A veces fue para defender mi honra, otras para defender honras ajenas o a mis camaradas, pero la mayoría de las veces fue para poder ver salir el sol a la mañana siguiente. A día de hoy puedo decir, sin embarazo alguno, que aquellas clases salvaron mi vida y mi honra repetidas veces durante veinte largos años.

-¡En guardia!- repetía don Óscar una y otra vez, corrigiéndome las piernas con la vara- Separadas, no trabadas. Reparte el peso entre ambas, para poder moverte presto o escapar a tiempo jugando con los pies. Nunca te apoyes demasiado en una sola, porque en ese momento cualquier gesto rápido de tu rival puede hacerte perder pie y te llevarás de regalo una bonita herida.

Aquel día aprendí a tirar estocadas desde cualquier ángulo y dirección, cerradas si el adversario estaba cerca, y ganando la distancia con las piernas si se mantenía lejos, también aprendí a poner la mano estirada con la palma mirando hacia las cuatro direcciones (uñas arriba, abajo, adentro y afuera), las cuatro guardias o posiciones del brazo y la punta de la espada, a moverme hacia los lados sin perder la guardia (trepidante izquierdo o derecho) o en diagonal hacia los cuatro puntos cardinales (transversal, curvo, extraño transversal y extraño curvo). Todo esto, excuso decir a Vuestra Majestad, lo aprendería a la perfección tras semanas de ensayo y comprobando día tras día la dureza de la vara de don Óscar Carrasco de la Torre.
12/07/2005 22:24 Enlace permanente. Tema: Extractos Hay 1 comentario.


Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/

Blog creado con Blogia. Derechos de autor con . Estadísticas. Suscribir RSS. Admin.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras, y Evento Blog España. Vota en los Premios Bitacoras.com [Blog Oficial en LaInformacion.com]