Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

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Memorial de don Alonso de Diego

Extracto de "Corazon y deseo", primera parte de la novela

paje.jpgLa manigua aclaraba.

A golpe de machete y espada la escuadra de Diego de Jódar se había abierto camino através del espeso follaje, coleccionando sobre sus jubones un alud de bichos de toda ralea y condición que el compañero situado detras debía espantar a manotazos. Abría la comitiva uno de los taínos aliados, olfateando el aire como un perro y haciéndonos parar cada dos por tres, ya fuera por una pisada de animal en el camino o por aproximarnos a una zona sospechosamente tranquila. Esos lugares, infames donde los haya, se asemejan a una caldera donde el aire se escapa más allá del vacío caliente y asfixiante que hace transpirar y vizquear los ojos. Así es la selva, y quien la anduvo de cabo a rabo, lo sabe.
A cada interrupción me paraba a descansar y enjuagarme el sudor que me caía bajo la ancha ala del morrión. Iba, como de costumbre en campaña, cargado como una mula. En el macuto que llevaba a la espalda cargaba provisión de pólvora en frascos, balas, plomo y el molde para fundirlas, un par de metros de cuerda de arcabuz enrollada que pendía de mi cinto, yesca y pedernal, la baqueta sacatacos y la atacadora, dos camisas de paño, el pan de maíz rancio del rancho, un cuartillo de agua en un zaque que también colgaba de mi cinto y el arcabuz de Fernando Franco, atado y atravesado al morral. El morrión que llevaba sobre las cejas y que me quedaba grande pertenecía al milanés [Niccolo Piazza], y me lo había puesto aquella misma mañana con una sonrisa, dándome un cachete en la mejilla. "Pareces un señor soldado", me dijo. Enriquillo, que era como llamabamos al guía, se detuvo en mitad del claro, con cara de preocupación.

-¿Qué?- preguntó mi amo, tan parco en palabras como siempre.
-Caribe- murmuró, aterrado.

Indios caribes. Habíamos oido hablar mucho de ellos en la Española, pero jamás visto a ninguno. Bajitos, de cuerpos pintados y bocas atravesadas por aguzados palos, tenían justa fama de sanguinarios guerreros, sedientos de la sangre de sus víctimas. Lo de la sangre no era agua de borrajas, ya que además de ser los mismos hijos del diablo, se comían a los enemigos que mataban o capturaban. Las ramas se movieron suavemente delante de nosotros mientras, hecho ya un ovillo, el guía taíno gemía con una insistencia que ponía la carne de gallina. Noté como me tomaban el morrión con lentitud, descubriendo mis ojos abiertos y el pelo mojado por el sudor. Mientras los ruidos nos rodeaban, Diego de Jódar se caló la borgoñota que llevaba golgada al cinto, escupiéndose en ambas manos antes de alzar el montante que llevaba sobre el hombro. Por su parte, el sevillano [Fernando Franco] ya con su arcabuz en las manos, lo atacaba despaciosamente mientras yo le encendía la mecha. A pesar del temblor de mis manos, así lo hice.

-Apellidad- ordenó mi mentor.

Los catorce hombres le miraron un momento, extrañados. Los indios les habían rodeado y vigilaban sus movimientos. Repitió la órden en voz agria.

-Apellidad u os mato yo mismo.
-¡Santiago!- bramaron entonces.

Aquello desencadenó la lluvia, nunca mejor dicho, una lluvia de flechas y azagayas que surcó el aire y nos llevó a Esteban, el paje de don Luis Martínez. Inmediatamente, se nos echaron encima una turba de indios bajitos y pintarrajeados de rojo y negro, con rostros horribles desgarrados por la ira y el odio, blandiendo macanas, porras y lanzas. Era la primera vez en mi vida que contemplaba el horror caótico de un combate, la sangre, los muertos enteros o mutilados, los gritos desgarradores y las miradas vacías de aquellos que caían al suelo sin vida. El espejismo de la guerra honrosa y de las "altas fazañas" de las que me deleitaba leyendo en las Sergas [de Espladián] se borraron de un plumazo. Aún se me saltan las lágrimas como el chiquillo que era cuando recuerdo que, a la tierna edad de doce años, abandoné la poca inocencia que me quedaba. No hay lugar en el mundo para el cobarde, salvo la tumba.
Tomé en mis manos el jubón de mi amigo Esteban, zarandeándolo con lágrimas en los ojos mientras los hombres se mataban. Diego de Jódar, luchando como el temible soldado veterano que era, tajaba miembros a diestro a siniestro, aplastaba cráneos y hendía cuerpos a golpe de montante, con los dientes prietos. A su alrededor, los rodeleros se protegían de los envites de los caribes, acuchillándoles el torso desnudo o la garganta con las hojas de las toledanas. Fernando Franco, tras despedir a un indio varios metros hacia atrás de un arcabucazo en el pecho, había volteado el arma, usando la culata como maza. Esteban no respondía. Estaba muerto, muerto como todos aquellos indios que cayeron uno tras otro junto a mi. Hubo un rato de silencio, pesado, incómodo, y sentí unas manos rudas que me volteaban. Los iris penetrantes de mi amo me analizaron fijamente. Temblaba, ahora incluso más, por aquel rastro de muerte indiferente que veía en sus ojos. Me abofeteó, con suavidad.

-Debería darte verguenza- dijo- Eres un español. La valentia no se te exige, se sobreentiende.

Tenía las manos manchadas de sangre.
07/09/2005 15:33 Enlace permanente. Tema: Extractos.

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Autor: cEre

Estupendo fragmento!!!
Estas lecturas le abren a uno el "apetito"

Fecha: 12/09/2005 15:16.


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