Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

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Memorial de don Alonso de Diego

Extracto de "Monna Doris", tercera parte de la novela

gendarmepavia.jpgLa lejana voz del capitán Bomprezzi se mezclaba con los relinchos, las detonaciones y los gritos de horror dichos en francés y en español.

-¡Agrupaos!

El campo de batalla era un lugar espectral, lleno de niebla y nubecillas negras que olían a azufre. A veces, de entre las formas que yacían inertes un poco por aquí y un poco por allá, brotaba el resplandor de un arcabucazo, el ruido de los cascos de un caballo, gritos o el desgarrador sonido del acero entrando en carne y rompiendo huesos. Hacía un rato que caminaba solo, con el arcabuz cargado y la mecha en el serpentín humeando lentamente, pasando sobre los cuerpos de las monturas abatidas (algunas agonizaban) y los caballeros muertos y despojados de parte de sus arreos (sobretodo anillos y collares, asi como alguna espada. No había tiempo para pararse a más).
Me agaché momentáneamente a mirar el rostro de un gendarme muerto. La expresión era relajada, cual si estuviera descansando o durmiendo. Tenía, no obstante, un boquete en el peto por el que se había vaciado de sangre. Rebusqué en sus manos, quitándole la manopla mientras miraba derredor para cerciorarme de que ningún oficial pasaba por allí. Entonces, hubo un ruido muy inquietante a mi espalda, que me hizo volverme de súbito. Era el ruido de una respiración muy pesada y el tintineo del hierro rozando contra el hierro.
Vive Dios que me estremecí. Aquella mole de acero parecía salida del mismo infierno. Sobre un corcel de gran alzada revestido con una testera de crestas puntiagudas y unas gualdrapas con una sobreveste azul donde estaba dispuesta una heráldica, un gendarme "de punta en blanco", cuya armadura y yelmo cerrado salpicados de sangre le conferían un aspecto aterrador, blandía, sobre el penacho, una larga y mortífera espada de mano y media. La mole se movió tan rapidamente hacia delante que tuve el tiempo justo para apartarme y descargar un tiro a ciegas a aquella masa de hierro infernal, de la cúal había brotado el apellido de los francos.

-¡Pour Saint Jacques!

El caballo relinchó agonicamente, muy alto y muchas veces, malherido. Cansado por la carga, el animal se desplomó sobre la pierna de su amo. Aquello me daba cuartel, y me dió tiempo a levantarme y tomar el arcabuz. Comencé a cargarlo con mucha flema, apoyando la culata sobre la hierba y derramando el contenido del último de mis doce apóstoles en el ánima. El francés blasfemaba por lo bajini, intentando liberarse del peso de la montura muerta. Sabía que, si no conseguía liberarse, en cuanto cargara el arma estaba bien jodido. El hideputa era bravo, y fuerte, porque apoyando el zapato de acero de larga espuela puntiaguda en el lomo del corcel, lo estaba levantando poco a poco.
Los nervios me atenazaban las manos y me revolvían el estómago, haciéndome sudar bajo el morrión. Un par de veces me resbaló la baqueta al intentar meterla en el ánima para atacar la pólvora. Se levantaba ya el jinete despaciosamente, altivo, una sombra de acero que se herguía entre la niebla y la silueta de su caballo, que ya no relinchaba de dolor (creo que le di en la cabeza). Pesados pasos de metal se acercaban a mi, y tuve el tiempo justo para soltar el arcabuz y escupir la bala que tenía en la boca antes de que el miedo me la hiciera tragar. Ahora era yo el que estaba bien jodido.
Esquivé el primer golpe de milagro, un poderoso tajo a dos manos, mientras sacaba espada y daga. No había mucho tiempo para pensar, pero la prudencia me recomendaba retroceder hasta toparme con lo que fuera, amigo o enemigo, que pudiera socorrerme. El francés disfrutaba de lo lindo, lanzándome falsas estocadas y leyendo el miedo en mis ojos. Un par de veces tocó con la punta de su espada mi brigantina, haciéndome sentir la muerte bien al alcance. Mientras retrocedía y me cubría como podía a espada y daga (mi enemigo no tenía miedo a ser herido y se lanzaba a fondo), intentaba ganarle espacio tirándole un par de estocadas que resbalaron en su peto milanés. El gendarme se reía, y aún se rió más cuando, tropezando con un caballo muerto, perdí pie y caí sobre la sangre y la carne del animal muerto. Tras desarmarme de un puntapie, alzó su mano y media, dispuesto a descargar un mandoble definitivo sobre mi cara aturdida.

Sonó un tiro, muy lejano, y oí como una bala rompía el acero y entraba en la espalda de mi adversario, que crispó un gesto de dolor. Ahora o nunca, me dije, apretando mi daga de orejas en la diestra mientras me lanzaba sobre el caballero con todas mis fuerzas, haciéndonos caer al suelo, revueltos. No grité ni blasfemé, sólo contuve mi rabia y mis esfuerzos en aplastar la mano armada del caído con la rodilla mientras intentaba meterle la daga por alguna juntura del arnés. El gabacho si blasfemaba, y lo hacía en voz alta mientras me golpeaba con la manopla de su mano libre. Primero la brigantina, luego el ala de mi morrión y al final, la cara. El golpe me hizo volver el rostro, y mi daga (que ya estaba metida entre dos junturas) se movió hacia un lado con violencia, partiéndose.
Cuando volví a ser dueño de mi, pues el golpe me había aturdido unos segundos, mi enemigo intentaba meterme una daga de dos cuartas de hoja por la gola. Solté la mia, ya inservible, y tomé su manopla deteniendo el golpe a escasos centímetros de mi cuello. El caballero tenía fuerzas, y poco a poco vencía a las mías, acariciándome el cuello con la punta de su daga de misericordia. Cuando reparé en mi mano libre, la que había soltado la daga, la moví prestamente hasta su yelmo, retorciendo el hilillo de metal del cierre y levantándole el visor. El rostro de aquel tipo era joven y armónico, aristocrático y bien parecido. Frisaría mi edad, veintipocos, y se le veía bien formado, apesar de que tenía los dientres prietos y el rostro contraído por la ira. Notando ya como su daga me pinchaba y brotaba de mi cuello un hilillo de sangre, resolví jugar mi última carta.
Sientiéndome preso de un odio sordo y profundo, apreté mis dientes y vencí la mano libre hasta su cara, metiendo dos dedos en los ojos desorbitados del francés. Apreté, de golpe, sintiendo como reventaban bajo las yemas de mis dedos, y el tacto me recordó a las asaduras del marrano cuando, colgando de una viga del techado del corral, mi padre lo rajaba de arriba a abajo y yo tenía que ayudarle a sacar las tripas. Gritó, pataleó y se llevo la mano que sostenía la daga a sus ojos, intentando apartar la mía. Entonces, con una furia que me estremezco en recordar, le arrebaté su propia daga y, metiéndosela por la boca abierta de la que brotaban gritos y lamentos, la hundí hasta la empuñadura, hacia arriba. De pronto, el francés tuvo un calambre y dejó de moverse.
Me aparté, respirando agitado, buscando mi espada, cuando alguién me dió la vuelta, cogiéndome por el cuello de la valona. Era Jordi. Me miraba con ojos preocupados, especialmente a mi cuello.

-¿Estáis bien?-preguntó

Y yo no supe que contestar.
26/06/2005 12:14

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