Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

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Memorial de don Alonso de Diego

Extracto de "Monna Doris", tercera parte de la novela

lansquenete.jpgEl lansquenete sopló a los dados, lanzándolos sobre la mesa. Uno, dos, uno. Ganó un tanto.

El mercenario era un hombre de tamaño descomunal, brazos podersos y hombros anchos. Vestía a la tudesca, unas calzas de dos colores, blanco y rojo a rayas, un jubón con más acuchillados que un espadachín manco, con unas mangas anchas marrones y rojas. Tenía una parlota de exagerado penacho azul anudada al cinto, donde cargaba una daga de riñones y una espada destripagatos, corta y ancha, además de una bolsa de cuero de donde había sacado tres carlines de plata para apostar. Se tocaba la barba, rojiza, enorme y abierta, mientras mirábame con sus ojos azules, el pelo desordenado cayéndole sobre la frente. Su camarada, un arcabucero cejijunto y rubio que tenía unos dientes tan negros como su alma se tenía detrás de él, junto al gigantesco montante de hoja flamiguera apoyado en la pared del garito, bajo al acha encendida que daba un poco de luz a aquel ángulo del antro (siquiera nos habían pedido entregar las armas al entrar, asi que puede figurarse Vuestra Majestad la calidad del lugar).

-Euer hochwohlgeboren, zahlen- inquirió

Puse dos maravedíes sobre la mesa, pagando el tanto. Jordi nos echaba furtivas miradas entre beso y beso. Ya tenía a la daifa con la falda levantada y sentada sobre suya, después de invitarla a una jarra de vino y a lo que ella quisiera. Asintió el tudesco, aprobador. Tomé los dados con cautela, solo me quedaban tres monedas apiladas en la mesa manchada de vino. Besé los dados, moviéndolos dentro de mi mano cerrada. Como perdiera estaba bien jodido. La madera de los cubos restañó brevemente sobre la mesa, mientras rodaban al otro extremo, justo enfrente del doblesueldo. Seis, seis y seis.

-Bumsen- dijo entre dientes, incrédulo. Mirome muy friamente, cual si aquello fuera una chanza, trampa o cartón.
-Pague vuestra merced- dije, muy cuajado de ánimo y apoyando la palma de la mano en el pomo de la espada.

Lo que vino después fue confuso y rápido. El doblesueldo intercambió una mirada plática con el arcabucero, que echó mano a la espada. Se oyó un grito de mujer, y una blasfemia en italiano dicha por esa misma voz. El tudesco respondió con un breve "nein", girándose hacia el montante. Mientras tanto, el rubio tirome un tajo que me hizo caer de la silla al apartarme. La concurrencia había enmudecido, y todos los ojos ahora estaban fijos en nosotros. Al levantarme vi como se iban a marchar con mucha desvergüenza, cual si estuviera todo acabado. La daifa se levantaba del suelo, dolorida en las posaderas, y mi camarada ya estaba de pie, media bragueta desabrochada pero con la toledana en la mano y su daga de misericordia en la otra.

-Bellacos- dijo en voz alta - Hideputas sin honra.

Algunos tudescos alli presentes miraron con muy malos modos a sus camaradas. Una cosa era batirse por un mal perder, y otra hacerlo sin modales, como dos asesinos sin pizca de honra. Picados en su orgullo, miráronse un momento, y luego el que había jugado conmigo, que ya tenía el montante en la mano, sacaba pecho y nos miraba, hablando en un italiano lleno de resonancias nórdicas.

-Se, signori, desiderate risolvere questa materia come i cavalieri, migliori vanno alla via.

Aquello ya estaba mejor. Ayudóme el catalán a levantarme, abrochándose bien la prenda viril. Pronto aparecieron dos camaradas tudescos y dos de nuestra compañía, el sargento Ayala (que en cuestiones de honra y fuera de servicio se batía como el que más) y Pedro de Valdivia. Fuimos fuera, donde la luz menguaba sobre los tejados de Pavía y algunos vecinos decían el agua va, echando las inmundicias por la ventana antes de hora. Un solitario perro calcorreó lejos de allí, respondiendo a la llamada de su amo, un curtidor que cerraba su tienda oliéndose la pendencia. Dispusiéronse los padrinos tapando los accesos a la calle, mientras, unos frente a otros, nos afirmamos para el combate.
Tomé la daga de orejas con la siniestra, consciente de que el pesado montante de mi rival no conocía capa lo bastante gruesa como para abroquelarse. Medi bien los pasos, moviéndome en un curvo hacia la derecha. Se dio la seña, que fue un apellido militar, y comenzó el duelo. Rapido como un aspid, el tudesco del montante había cogido el recazo con la diestra, lanzándome un tajo de arriba a abajo, rápido y a la cabeza. Me eché para atrás, ofreciéndole el lado izquierdo y esquivando el golpe (que me pasó a tres pulgadas de la nariz). Jordi había recibido un tajo en el antebrazo, después de haber fallado el batimento (no estaba acostumbrado a batirse contra hojas tan cortas), y empujaba con la bota al tudesco, mientras le marcaba la cara con un chirlo sobre la ceja.
Entró luego el mio de tajo, uñas arriba y de derecha a izquierda, buscándome la mano y la daga. Lo vi claro, cual destello fugaz, y desvié la punta del doblesueldo hacia mi línea interior (a la sazón la izquierda), cambiando de guardia con el pie izquierdo, girando el cuerpo y adelantándome en un desplazamiento de libro, lineal como un virotazo de ballesta, entretando, con la hoja del tudesco desviada por la daga, lleveme el arriaz a la cadera, uñas adentro, pasándole el vientre de parte a parte. Don Oscar Carrasco de la Torre hubiera estado muy orgulloso de aquella embebida. Se revolvió el tudesco, escupiendo sangre, apartándome a manotazos mientras sacaba la daga. Perdí pie al pisar una boñiga de caballo, dándole tiempo para hacerlo y perdiendo mi espada en su corpachón.
Diome un par de cuchilladas, a ciegas, mientras miraba en dirección al alarido de su compañero, que con tres cuchilladas y una estocada la garganta, se iba por la posta entre un mar de sangre roja que le chorreaba por la gola. Parpadeó el lansquenete, cada vez más blanco de tez (a pesar de que ya lo era de natural), y al cabo reparó en el torzal de mi espada, que estaba a pocos palmos de su barriga. Aprovechando el respiro y mi lejanía, fue a sacar su destripagatos con la otra mano, pero una tos gorgoteante y sanguiolenta le hizo desmayarse y caer de culo al embarrado pavimento. Sus ojos vacíos, indiferentes, miraban la empuñadura de la espada, mientras yo la tomaba con suavidad, vigilando la mano de su daga, empujándolo con la bota mientras desclavaba. Ahora si gruñó, el hideputa, cayendo al suelo. La sangre salía por su barriga ahora también. Miraba el cielo del ocaso entre los tejados y la ropa tendida con sus ojos azules y dio su alma a Dios, o al Diablo.
13/05/2005 13:51 Enlace permanente. Tema: Extractos.

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Autor: Inés

Pardiez, Targul....como ya te dije, es increible....No puedo con la última frase...brrrr....es tremenda.
Enhorabuena, por dios, sigue escribiendo!!!

Fecha: 13/05/2005 17:06.


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Autor: mastelerillo

Leer esto es como estar leyendo El Capitan alatriste o a Alejandro Dumas,me ha gustado un monton.

Fecha: 08/06/2005 16:57.


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Autor: Miguel

Esta genial el texto! según leo en los comentarios anteriores fue escrito por ti,si es asi,te felicito!todo el tiempo que lo lei me parecio algun texto de epocas antiguas en las que el honor la valentia eran mas abundantes

Fecha: 20/07/2008 09:43.


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