Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

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Memorial de don Alonso de Diego

Extracto de "In hoc signo vinces". Segunda parte de la novela

targul2.jpgAbrí los ojos al dia, sintiendo como me zarandeaban suavemente por el hombro. El tacto era cálido y áspero, familiar.

-Despierta rapaz- dijo don Diego de Jodar

Moví los brazos, entumecido, sintiendo como me molestaba el cálido abrazo de la manta india. Miré, confuso y soñoliento, a los hombres que todavía dormían. Algunos también se estaban aseando, veteranos y previsores. Adiviné una sonrisa en la boca de mi mentor.

-Hay que ganarse la honra- dijo, no sin cierta guasa, frunciendo levemente el ceño y con un apunte de sonrisa bajo la fiera barba.

Me levanté, desperezándome. Salí con cuidado al exterior de la tienda de fieltro. Aún despuntaba el alba, y las naborías molían el maiz preparando las tortitas. Caminé entre algunos centinelas que, calados de frio, sostenían impetérritos sus alabardas. Fui a aliviarme detrás de una mata, tembloroso por el frío. En aquella maldita "tierra de los riscos" soplaba el viento con un susurro que ponía la carne de gallina. Andaba yo de regreso a la tienda cuando topéme con doña Marina, que venía sorprendemente alegre. No parecía sino que el peligro la tentara, y nadie diría que el día anterior tembló visiblemente al ver descender de las colinas a los otomíes. Quizá para ella todo fuera como un sueño, un juego o una venganza. A fin de cuentas, nosotros éramos todavía para ella algo parecido a dioses, y no creo que tuviera ninguna duda sobre el resultado de la batalla que iba a librarse ese mismo día.
Saludóme con los ojos, al aire distraido, entrando en la tienda del capitán general. Sentí la mano cálida del mi antiguo amo posarse sobre mi hombro. Busqué sus ojos, pero estos miraban hacia el límite del campamento. Los batidores a caballo regresaban de la descubierta, sin duda con noticias frescas. Por sus gestos se deducía que íbamos a tener trabajo ese día. Sin más preámbulo, recogí mis bártulos, púseme morrión, brigantina y gola, abrocheme el cinto y, antes de atar la manta a mi espalda y recoger la rodela, comprobé que la toledana entraba y salía correctamente de su vaina, y que las presillas del tahalí estaban bien abrochadas. Hecho aquesto, salí afuera, tanteando con la mano la parte trasera de mi cinturón, tomé mi daga de orejas y corté un pedazo de tortita del día anterior, que mastiqué para asentarme el estómago. Casi en el acto, sonaron pitos y tambores, tocando diana.

Salió al punto Cortés, aderezado ya para la batalla, requiriendo al paje Jaramillo a "La Mula", la cual montó con mucha gallardía, tomando la celada con parsimonia mientras los totonacas despertaban a su gente y preparaban la marcha, y los españoles recogíamos con presteza el real. Reuniose nuestra compañía, Sandoval a la cabeza, montando a su "Rolandillo" con bizarra estampa. Como ya dije a vuestras mercedes, la suerte quiso que estuvieramos bajo mando del más animoso y sensato de los capitanes de la empresa, a pesar de que era hombre joven, que no mozo. Asi que, puestos ya en orden, comenzose la marcha, ascendiendo por polvorientas pendientes y pasando en cosa de dos horas hasta un valle salpicado con un par de casas de adobe y algunos cultivos. El prado se encajonaba al fondo entre dos lomas y un río que serpentaba entre las piedras. Pero lo más relevante era un nutrido grupo de guerreros otomíes que cerraba nuestro avance.
Puntilloso, Cortés requirió con mucha política a Godoy, el notario. Acudió este al punto, con su rostro avinagrado contraido por un leve rictus. Se notaba que detestaba cada vez más la rutina impuesta desde Potonchán. Hubo un breve intercambio de palabras, y adelantose el enlutado leguleyo, leyendo en voz alta el requerimiento. Los capitanes, mientras tanto, comprobaban que la formación estaba bien cerrada y cada hombre hacía su oficio. Los arcabuceros prendieron las mechas, y los ballesteros montaban las vergas y ajustaban cranequines, patas de cabra y armatostes, cargando sus armas. Los indios acercábanse, primero en órden, luego abriéndose como solían en un ancho y dilatado frente. Cientos de gargantas coreaban el nombre de su nación, y todo eran armaduras de algodón y brillar de lanzas, macanas y jabalinas. Los oficiales, con sus vistosas banderolas emplumadas y armaduras de algodón de cuerpo entero, les daban ánimos.
Godoy intercambió una mirada inquieta con Cortés, ya que era incapaz de hacerse oir entre semejante algarabía. La última frase del requerimiento muriole en la gorja, mientras intentaba guarecerse de la lluvia de las flechas y las jabalinas que caían del cielo como si granizara. En ese momento, don Hernando se hirguió en la montura, bajándose el visor de la celada y echando mano a la espada, que relució brevemente en el sol matutino cuando la venció hacia delante, dando el apellido.

-¡Santiago y a ellos!- exclamó
-¡Compañía! ¡Calad lanzas!- bramó Sandoval

Un breve clamor recorrió nuestras filas, impresionando a los totonacas que, en nuestros flancos dábanse ánimo con cánticos. "¡Santiago, Cierra España!". La fiel infantería aguantó estoicamente cuando dardo le lanzaron, mientras los jinetes partían al galope, en grupos de tres, disgregando a las primeras avanzadas enemigas, alanceando peones y oficiales. A una señal de Cortés, la infantería movióse hacia delante, a paso de tambor. Juan de Corral flameaba la enseña con el águila bicéfala, dándonos ánimos "Pocos son, no se disminuyan vuestras mercedes". Al primer contancto, sangriento y mortífero, castigados por la caballería que estaba en todas partes, muertos muchos oficiales a golpe de ballesta y arcabuz, descompusieronse a los primeros tiros de falconete, retrocediendo hacia el río.
Advertí, o creí advertir, la mirada veterana de don Diego escrutando las lomas entre tajo y tajo, apretada la rodela y los dientes, salpicando con la sangre de valerosos guerreros. No era para menos, pues hasta el más menguado hubiérase dado cuenta de que aquello olía a trampa. Y pronto nuestros temores se confirmaron, pues cayó sobre nosotros una espesa lluvia de flechas y dardos que nos llevó algún hombre. Cayeron sobre nosotros, bajando las lomas a la carrera. Se estrellaron contra lanzas y escudos, haciendo perder pie a más de un castellano. Descargaban con furia golpes con sus espadas y macanas, abollando petos y buscando herir rostros y brazos. Por cada uno que caía saltaban dos, ansiosos, valientes, buscando la gloria del combate.

-¡Cerrad filas! ¡Duro y a ellos!- exclamaban los capitanes.

A mi lado, ciego de furia y borracho de matar y matar, defendiáse don Gonzalo, dando estocadas y mandobles con energía. Apartóse don Diego, empujado por dos otomíes, cuando vinome uno encima, levantando en alto una enorme espada de obsidiana que debía pesar un quintal. Sin determe en compases de esgrima, empujé con la alpargata al guerrero que había despachado hacía nada (que se sujetaba las tripas de mala manera) y ofrecí mi lado izquierdo al oficial otomí, recibiendo en la rodela un terrible golpe que casi me descoyunta el brazo. Rapidamente metí pies, venciéndome hacia delante con el lado derecho, ensartándole el vientre como a un morcón. Quedóse sin aire, soltando el montante, agarrando mi espada, cual si no se creyese que eso le había pasado al hijo de su madre. Y lo último que recuerdo fue su semblante sorprendido cuando, después de desclavar mi acero empujándolo de un puntapie, cayó al suelo, y sus compañeros lo pisotearon hasta la muerte.
Juro por Dios a Vuestra Majestad que aquella jornada lo tuvimos negro. No más bajando de las colinas, rodearon a nuestros jinetes, que en un espacio tan estrecho no podían jinetear. A más de uno le hicieron verla de todos los colores, pero el que se llevó la peor parte fue Pedro Moron, al que le abrieron los sesos de un golpe de macana, tomándole el caballo. El pobre cayó al suelo, y a pesar de estar herido de muerte, mató a tres con la espada, que perdió en uno de aquellos cuerpos emplumados, y arrastróse daga en mano, recibiendo golpes y cuchilladas, hasta que la hundió en un pie enemigo y, exhausto, vino a morir a los pies de don Diego de Jódar, que no pudo socorrerlo por tener sus propios problemas.

Es curioso, pero pocas jornadas de la conquista fueron tan apretadas como la batalla de Tzompico, donde nos mataron a quince de los nuestros. Fue un dia confuso, sangriento. Aquella mañana la misericordia de Dios quedaba muy lejos, quizá al otro lado de la ancha mar océana, y los totonacas fueron terriblemente diezmados mientras los españoles, a puros huevos, conseguimos abrirnos paso hasta otro campo ancho, donde nuestros artilleros, ballesteros y arcabuceros dieron lo mejor de si, mientras la caballería desorganizaba sus formaciones, y la infantería se cobraba con mucha sangre otomí los padecimientos sufridos en la garganta. Vive Dios que fue un dia que jamás olvidaré, porque cuando se perdieron entre las lomas, tenía dos buenas heridas, una en el muslo y otra en el brazo, asi como un buen cardenal en el pecho, e habiánme saltado dos tachuelas de la brigantina. La sangre chorreaba hasta mi codo (alguna era mia), y tardé un buen rato en recuperar la color y la respiración.
Sin más enemigo al que combatir, marchamos hacia uno de aquellos cerros, el más alto, donde encontramos un pueblo desierto (solo paseaban por allí algunos perros, que fueron metidos en la cazuela prestamente) y una torre de sus dioses, donde los capitanes sentaron el real, bautizando el lugar como "cerro de la Victoria".
03/05/2005 12:33 Enlace permanente. Tema: Extractos.

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Autor: latierradelsur

Y sigue prometiendo...

Fecha: 12/05/2005 13:31.


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Autor: Jordi

Esta fascinante historia te transporta a una epoca en que matar a tus enemigos era tan cotidiano como comer, haciendo asi que en tus sueños se cumplan tus anelos. Ta bien David, sigue asi.

Fecha: 26/06/2005 12:35.


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Autor: Alfonso Rodriguez Ruiz de Oña

Historia emocionante, bien descrita y apasionante para un profesional de la milicia. disculpe vuacé mi ignorancia pero estas tres partes de la novela están escritas por vuestra merced, si es así espero que la publiquen pronto y poder hacerme con ellas. Un fuerte abrazo legionario

Fecha: 12/08/2005 00:20.


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