Bienvenido a "Memorial de don Alonso de Diego", el fascinante y realista relato de la vida de un soldado español del siglo XVI

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Memorial de don Alonso de Diego

10/04/2006

Extracto de "In hoc signo vinces". Segunda parte de la novela

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En Tacuba está Cortés
con su escuadrón esforzado.
Triste estaba y muy penoso,
triste y con grande cuidado.
La una mano en la mejilla
y la otra en el costado,
hacia Tlacopan miraba.
Pregúntale, buen soldado,
¿Qué sucederá mañana?

La mañana.

Pocas veces saboree tanto el silencio y la calma como aquella mañana. Parecía que la cordura había vuelto a los hombres, más allá del desolado y polvoriento real, de los cuerpos de los muertos y las piedras humeantes de las ruinas y las calzadas destruídas. Desperté en silencio, y el mismo silencio me acompañó através del real, junto al borde de la calzada donde me alivié. El lago estaba tranquilo, y la silueta de dos bergantines se recortó en el horizonte, grácil en su vela hinchada por el incipiente viento. Entonces, sonaron de nuevo los gritos.

-Despertad -dije a los de mi escuadra mientras embrazaba la rodela y me calaba el morrión- Tenemos trabajo.

La gente de Tenochtitlán nos retaba de nuevo con sus gritos e imprecaciones. El campamento se despertó al punto. La rutina de la guerra hacía pláticos a los soldados. Al cabo, todo fue un relucir de arreos engrasados y pulidos, un relumbrar de lanzas, rodelas y espadas. La gente de Castilla acudía una vez más a la llamada.

-Buenos días, don Gonzalo -dijo Cortés, con la celada en la mano.
-Excelencia...

Don Hernán respiró el aire, que debía saberle a gloria, aunque a esas horas comenzaba a apestar con el hedor de los muertos, arrastrado por el cambiante viento.

-Buena mañana, a fe mia.
-Así es, excelencia -repuso Sandoval, mesurado.
-Bien, avanzaremos sobre la Plaza Mayor una vez más. Que vuestros peones ataquen las casas de alrededor y los jinetes barreremos la llanura.

Escupí al suelo, recto entre mis alpargatas, al tiempo que desenvainaba la espada y aguardaba la órden de don Gonzalo, que se volvió a mirarnos.

-¿Han comido algo vuesas mercedes? -preguntó.
-No hay con que, señor -repuse.
-Forrajeen algo, que no les pase lo mismo mañana.

El silencio mezclado con pisadas de botas. Los gritos se oían a lo lejos, al final de la gran calzada. Un barrio seguro, casi destruído por los combates nos contempló marchar, barba sobre el hombro. En medio de la calle, la figura muerta de una mujer con peto de algodón y atavío de guerrero. Apestaba a muerte, pasto de los gusanos, pero aún sostenía su macana en la mano, junto a una cesta volcada con unas mazorcas de maíz. Las metí en mi saquito del yantar, dando gracias a Dios por la casualidad. Entonces, se escucharon los gritos.
En las azoteas, decenas de guerreros comenzaron a lanzarnos una espesa lluvia de dardos, piedras, lanzas y flechas mientras nos imprecaban y se animaban con horribles gritos en su incomprensible lengua. Regresé a la columna cubriéndome con la rodela, donde repiquetearon las piedras como granizo sobre el techado.

-¡Cubránse, sigan avanzando! -bramó Sandoval, poniéndose la adarga por delante.

Arcabuceros y ballesteros devolvieron fuego por fuego, atinando con sus tiros a los más bravos y vociferantes, mientras nos movíamos como una pesada tortuga, débilmente protegida por rodelas, petos y cascos. A veces, alguien blasfemaba por una herida y se quedaba rezagado por no poder menear las piernas. A un soldado apellidado Téllez estuvieron a punto de matarle. Al salvar un puente semiderruido, quedóse rezagado por dos bellacos cortes que habían manchado sus calzas de sangre. Canoas llenas de guerreros se le acercaron, mientras la nube de piedras daba en acero y carne, haciéndole caer de rodillas. Era un soldado, de mi escuadra y me sentí responsable.

-¡Téllez! -bramé, previniéndole.

Cargué con la rodela por delante a dos guerreros que iban a echarle el guante. Con el impulso y el golpe, uno dellos cayó al agua, mientras el otro se volvió para atacarme, pero mi acero entró por donde solía, a los riñones. Cayó en un alarido, mientras arrastré como pude al pobre Téllez, inconsciente por una mala pedrada en la cabeza. Agarrado a los hombros de dos lanceros, el infortunado soldado consiguió avanzar con nosotros, y al fin llegamos a la plaza.

-Los de Alvarado ya han llegado -dijo don Gonzalo, contemplando la sarracina que la caballería de don Pedro hacía en la explanada de los templos- Alonso, los vuestros a despejar las terrazas de alrededor. No quiero más lluvia.

Me toqué el ala del morrión.

-¡Los míos, conmigo!

Entre en la primera casa que vi, un palacete grande y sinuoso de donde brotaban inconfundibles gritos y pasos. Recorrimos las estancias y corredores, matando a algún paje de los suyos, que andaban con haces de lanzas y cestos llenos de piedras para llevárselos a sus mejores. En la terraza, decenas de guerreros dejaron de hacer puntería para acometernos con lanzas, macanas y espadas.

-¡Colomera, Santiago y Colomera! -bramé, apellidando mi terruño antes de lanzarme contra lo más espeso de ellos.

Golpes y golpes sin cuento. Ya no esperaban por turno, ni competían entre ellos. Habían aprendido a luchar por sobrevivir, y vive Dios que lo hacían bien. Tajé un brazo haciendo un molinete y empujé a un guerrero particularmente emplumado con la rodela, recibiendo en el camino un buen golpe en el ala del morrión, haciéndome cabecear. Los rodeleros se aplicaban a lo suyo, que no era poco, mientras, a base de redaños y aguante, di en carne dos veces, tirandoles por el suelo. Al terminar, ví volar por el aire la masa ingente de uno de aquellos montantes de agudo filo, el cual esquivé de milagro, hurtando el cuerpo.
Era un guerrero jaguar, y tiró la pesada arma para empuñar la más ligera espada de obsidiana, con la que me acometió, protegido por su rodela. Paré el golpe batiéndole la madera y respondiendo con un tajo de arriba a abajo, buscándole la cara. Desvió con su rodela, lanzándome un golpe de revés, que paré con mi escudo antes de entrarle en juego corto, rodela con rodela, empujándole hacia atrás. Era fuerte, era bravo, y tras un ligero traspiés me empujo a mi, con que tropecé con uno de los muertos que sembraban el suelo, dando en tierra. Tuve el tiempo justo de para un golpe suyo con el umbo de mi escudo, e intentar levantarme, reculando con los pies. Entonces, vi su rostro orgulloso y aquilino componer un gesto de desprecio, erguido en la mole de su fuerte cuerpo cubierto por la librea de su órden. Se quedó quieto.
Un joven guerrero novel, de los del moño en el pelo, me agarró del cuello con el antebrazo, intentando bloquearme para que sus compañeros me ataran o desarmaran. Intenté clavarle la espada, pero la esquivaba una y otra vez moviendo la cabeza. Solté la toledana, más porque me la arrebataban. Gruñí, iracundo, desenfundado la daga, que clavé al infortunado en una pierna. El guerrero jaguar seguía quieto, mirándome mientras, recuperada mi espada, di buena cuenta de mis captores, levantándome de nuevo. Me sentí con espacio y me afirmé en guardia, desafiando al guerrero con un escupitajo sanguiolento. Siguió sin moverse. Me miró a los ojos con infinita ironía mientras los rodeleros, libres ya de sus propios combates, cerraron contra él, y le dieron muerto en el suelo de varias estocadas.

-Alonso -dijo don Luis Martínez, poniéndome una mano en el hombro- Sigamos, nos queda faena.

Y yo me quedé unos segundos más, unos interminables segundos mirando a aquel hombre, preguntándome que habría pasado por su cabeza para dejarse matar de aquel modo...
10/04/2006 21:55 Autor: targul. Enlace permanente. Tema: Extractos. Hay 3 comentarios.

15/02/2006

Entrevista con el autor

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Rufino Acosta, webmaster y detallista de "The Time Seller" , teniente de sala de Asociación Valenciana de Esgrima Antigua, rama de la Asociación Española de Esgrima Antigua, entrevista al autor de "Memorial de don Alonso de Diego".

Hola David, ante todo saludarte, que para eso nuestros padres se gastaron una fortuna en nuestra educación y se encargaron de recordárnoslo durante toda nuestra adolescencia.

Es bastante común que en una entrevista, el entrevistador (en este caso yo), haga presentación del entrevistado, pero me parece una situación incomoda para el entrevistado asentir mientras otro repite datos que conoce este al dedillo, así que ¿Qué tal si te presentas? ¿Cuál es el motivo por el que estoy aquí haciéndote estas preguntas?


Bien. Me llamo David Nievas y soy un historiador granadino apasionado por la historia en general y en particular por la el período de la España de los Austrias, sobre cuyo esplendor en tiempos del césar Carlos V escribo en mi novela. ¿El motivo? Supongo que para que los lectores tengan una idea más precisa de aquello que van a poder leer en "Memorial de don Alonso de Diego"


Debe ser por eso, así que háblanos de tu trabajo. He tenido la oportunidad de leer partes de el y me parece un trabajo interesante al que te puedes enganchar con facilidad. ¿De que trata grosso modo? ¿Qué destacarías de el?


La novela es ante todo un retrato de una época muy concreta y trascendental en la historia de España, Europa y el mundo. Es la época del Renacimiento y el humanismo, una época donde el mundo se ensancha por oriente y por occidente y donde chocan grandes conceptos como el feudalismo y el estado moderno. El memorial es eso, un memorial, una carta escrita por el protagonista a Carlos V contándole su vida hasta el día en el que escribe (1535, tras la toma de Tünez). Alonso recorrerá gran parte de este mundo en transición tan fascinante y claroscuro que nunca antes ha sido objeto de una novela historicamente bien planteada. Veremos crecer a Alonso en un paraje rural de la Granada conquistada y luego lo veremos en las Indias de la mano de don Diego de Jódar, uno de los personajes clave, donde asistirá a la conquista y colonización de las Antillas Mayores y a la caída del imperio azteca. Luego, por una promesa, volverá a España donde se alistará (empujando por las circunstancias) en las guerras de Italia, donde lo veremos combatir a franceses y mercenarios suizos, alemanes, italianos...

La novela termina a raíz de un importante suceso cerca de Viena, que llevará al personaje, que madurará y evolucionará en cada etapa, al desenlace, que es el enfrentamiento con los turcos otomanos

Con respecto a los personajes que se conjugan en tu obra ¿De cuales te gustaría hablar?


Hay tres personajes fundamentales en la novela, además de Alonso

El primero es fray Lucas de Linares, un fraile mendicante que administra la parroquía de Colomera, el pueblo de nacimiento de Alonso. Es un humanista, que ha estudiado en París con Erasmo de Rotterdam y cree firmemente en la igualdad de los hombres ante Dios y en la paz y el diálogo como método de resolución de los conflictos. Es un hombre culto y severo pero también caritativo y entregado que cree que la estupidez (la estulticia) es uno de los grandes males de su tiempo, siguiendo la obra de Erasmo "Elogio de la lócura" y el "Stultifera navis" de tiempos medievales, lo que no le excluye de ser un fraile de su tiempo, un hombre intransigente que cree que el catolicismo es la única y verdadera religión.

Otro personaje fundamental es Diego de Jódar, un hidalgo y veterano de Granada e Italia, el hombre que le enseñará a Alonso la ley del más fuerte. Es un hombre desengañado por los golpes de la vida que se ha galvanizado ante la felicidad y la muerte, administrando esta segunda sin remordimiento alguno. Cree que la única ley posible la dicta la fuerza y que las palabras hay que sostenerlas actuando, ya que sino son sólo el refugio de los hombres débiles.

El tercer personaje es el capitán Bomprezzi. A diferencia del de Jódar, Bomprezzi es un hombre muy noble, casi novelesco, que entrará en contradicción con Alonso a medida que este se vaya curtiendo en la vida y la dureza de la guerra. Alonso aprenderá que además de la fuerza bruta o el intelecto está la nobleza del ser, ser consecuentes con nosotros mismos y buscar una justificación a nuestra existencia obrando bien conforme a un dificil y esquivo término medio.

Cuando uno escribe una novela, hay muchas razones que podrian impulsarle a hacerlo; Una de ellas es contar algo al mundo, otra es realzarse con un alter ego heroico que hace todo lo que su escritor hubiera deseado, y la mas común que es llenarse los bolsillos con lecturas fáciles involucrando a templarios, códices y cálices sagrados, ¿Dónde te incluyes tu?

El memorial tiene unas pretensiones muy sencillas que a la vez son bastante políticamente incorrectas. No quiero enriquecerme con el libro, ni contar historias folletinescas e increibles sobre supuestos misterios de la historia. El memorial es una historia clásica con un desarrollo maduro. Ante todo, persigo un cuadro histórico aproximado, porque el siglo XVI y el imperio español están tristemente mitificados (para mal) por la leyenda negra y los propios complejos históricos de los españoles, que analizamos esa época desde una perspectiva comparativa falsa y reductora. El siglo XVI era muy distinto al siglo XX. La gente pensaba, vivía y tenía unos problemas cotidianos que hoy en día consideramos tonterías o cosas sin sentido, pero todo depende de la psique de la época y la forma de vivir, a la que me intento aproximar en esta novela por primera vez en el género de manera desapasionada y feaciente, aunque en algunos párrafos impacte al lector por su crudeza. Esto no quiere decir que sea una historia aburrida, pues también es la historia de un personaje muy humano que se pondrá continuamente a prueba y que vivirá de su espada y su arcabuz, orgulloso como todo español de la época del imperio que él mismo forjó con sudor, sangre, sufrimiento y pasajes terribles a la vez que memorables.

Tocas un tema algo peliagudo a día de hoy con tantas tensiones sociales, nacionalismos y peleas de patio en la escena política española. Me gusta la idea de que no temas ser etiquetado. ¿Estamos entonces ante algo tan raro como una obra Épica Española?

Si, exactamente. En España falta una tradición literaria actual en cuanto a la novela de aventuras. Los grandes autores han considerado a este tipo de novela como un género menor, "angloaburrido", como diría Umbral. Realmente, se puede hacer una novela histórica de aventuras fiel a la historia misma y trepidante en su prosa, tal y como ha demostrado Arturo Pérez-Reverte con el éxito con el que se ha acogido su saga "El Capitán Alatriste". El memorial es una novela muy aventurera que tendrá estocadas, batallas, sórdidos romances y hechos heroicos pero sin tapar la parte oscura de la época, que es abundante y condicionará el relato varias veces durante su desarrollo.

Se podría decir que la épica caballeresca española murió gracias al sempiterno D. Quijote de la Mancha, y desde entonces las obras españolas han girado principalmente en torno a la crítica social y los personajes de ámbito personal, eso explicaría además el cine español. Gracias a dios muchos jóvenes escritores españoles están empezando a florecer con ideas poco propias de la literatura española, ya hemos podido ver obras de Fantasía Épica con sello español. Como escritor joven y español ¿Te crees en una buena situación a día de hoy? ¿Recibes o percibes el apoyo de las editoriales y el mercado?

Realmente, ha habido una revolución en este mercado con "El Capitán Alatriste" una novela del género muy buena que ha abierto el apetito por la novela histórica de aventuras española. El consumidor joven medio, victima del sistema educativo, ha descubierto que la historia de España no era tan aburrida ni era un jalón ininterrumpido de vergüenza, derrotas y segundos planos. Hay que ir con cuidado con este asunto, pues facilmente se te coloca la etiqueta de "facha".

La historia no es política, ni justifica ideales políticos. Así, es un error muy común decir que tal cosa de la historia es "de derechas" o de "izquierdas". En ese sentido, como he dicho, Alatriste ha abierto al lector medio español una puerta al interrogante y un cierto gustillo por la novela histórica de aventuras, que tiene que estar desligada de cualquier ideario político. Hay público en este país que desearía leer una novela de este estilo y en cierta medida es lo que yo voy a ofrecer. En cuanto al apoyo, es algo que no me inquieta. La historia es lo más políticamente incorrecto que existe, y se que mi novela provocará críticas en ese sentido pero no me importa ni me quita el sueño. Es la historia que siempre he querido contar y la contaré de la manera en que me aproxime más a la esquiva verdad histórica y a la vez resulte trepidante y amena, lo cual no es la cuadratura del círculo. Y a quien no le agrade esto, que no me lea.

Ya veo. Por ultimo, ¿Para cuando podremos disfrutar de esta deliciosamente renacentista obra de acero, borgoñotas y balas de arcabuz surcando el aire?

Es una pregunta dificil. No vivo de escribir ni tengo el tiempo o la necesaria compostura todas las semanas para ponerme con la novela. Realmente, tengo muchas ganas e ilusión de terminarla, ya que creo que con el trabajo de Sergio Cases va a quedar una novela muy vistosa y poco ejemplar que enganchará a mucha gente. Por ahora no puedo dar fechas, ya que no quiero comprometerme y decepcionar a nadie, pero este verano me comprometo a dar una fecha aproximada para la novela, pues le voy a meter mucha caña a la tecla en el estío y avanzaré bastante la novela.

Un placer, don David.

El placer ha sido mío, don Rufino.

15/02/2006 20:50 Autor: targul. Enlace permanente. Tema: Noticias. Hay 3 comentarios.

01/01/2006

Batalla de Pavía: Ilustración

20060101215233-pavia.jpgSergio Cases ha terminado la primera ilustración para la novela. Con esta pequeña y única primicia, los lectores pueden imaginar el tipo de lámina que jalonará profusamente la obra.
01/01/2006 21:52 Autor: targul. Enlace permanente. Tema: Noticias. No hay comentarios. Comentar.

26/09/2005

Alonso de Diego (Guerras de Italia)

jetaalonso.jpgTras la conquista de México, Alonso regresa a España. En Sevilla sufre un robo y debe alistarse en una compañía de arcabuceros para poder viajar a Italia. Junto a los hombres del capitán Bomprezzi hará historia como soldado de élite en los ejércitos del rey, coincidiendo con personalidades como el marqués de Pescara, Giovanni de Medicis, Francisco I, Jorge de Frundsberg...

En 1523 la compañía es emplazada como guarnición en Pavía, siendo luego utilizada extensamente durante la campaña de 1524, donde nuestro protagonista se destaca participando en la encamisada de Melzi. Combatirá después en la batalla de Pavía (1525), la campaña contra las tropas papales de 1526 y, un año más tarde, en el sacco de Roma. En 1528 contrae matrimonio con Doris Guglieri, apartándose del servicio militar durante casi diez meses. Lamentablemente, Doris muere junto a su hijo por un parto complicado. Desgarrado por los hechos, Alonso busca consuelo en la milicia, reenganchándose en su antigua unidad. Asiste en 1530 a la invasión de Bolonia y a la segunda coronación imperial de Carlos V, esta vez a manos del papa.

Dibujo de Sergio Cases
26/09/2005 00:16 Enlace permanente. Tema: Personajes. No hay comentarios. Comentar.

11/09/2005

Sargento Diego de Jódar, 49 años

jodar2.jpgEste bravo sargento de infantería castellana monta guardia tras la batalla de Centla (1519). Lleva arnés completo, necesario al manejar el pesado montante. El diseño de la armadura es el típico del siglo XV, similar al usado paor los caballeros que lucharon en la Guerra de Granada. Es una pieza de diseño italiano, con peto de dos piezas y cortos falsetes reforzados con cota de mallas. Asimismo, se toca con una borgoñota reforzada con babero. Además de con la espada de lazo y la daga de riñones que lleva al cinto, este caballero se arma con un poderoso montante de a dos manos, dotado de arriaz de gavilanes rectores y puentecillos a los lados. El recazo ocupa más de un palmo en la parte superior de la hoja. Por debajo de éste, dos resaltes triangulares guardaban la mano izquierda del luchador a modo de doble arriaz.

Dado el gran número de piezas del arnés y su condición de hidalgo segundón, Diego de Jódar solía cubrirse la armadura con un barniz anticorrosivo de color negro, lo cúal le confería el aterrador aspecto de un escarabajo gigante. El montante era un arma de diseño alemán, la favorita de los lansquenetes "doblesueldo". La misión de estos hombres era la de, una vez trabadas las picas de dos cuadros enemigos, salir valerosamente de la protección de las espaldas de los piqueros para apartar las lanzas enemigas a base de poderosos tajos (lo peligroso del cometido era compensado por sueldo doble, de ahí el mote). Diego de Jódar combatió en Italia a las órdenes de Diego García de Paredes, el llamado Sansón extremeño, del que aprendió el uso de dicha arma.
11/09/2005 12:14 Enlace permanente. Tema: Uniformología. No hay comentarios. Comentar.

07/09/2005

Extracto de "Corazon y deseo", primera parte de la novela

paje.jpgLa manigua aclaraba.

A golpe de machete y espada la escuadra de Diego de Jódar se había abierto camino através del espeso follaje, coleccionando sobre sus jubones un alud de bichos de toda ralea y condición que el compañero situado detras debía espantar a manotazos. Abría la comitiva uno de los taínos aliados, olfateando el aire como un perro y haciéndonos parar cada dos por tres, ya fuera por una pisada de animal en el camino o por aproximarnos a una zona sospechosamente tranquila. Esos lugares, infames donde los haya, se asemejan a una caldera donde el aire se escapa más allá del vacío caliente y asfixiante que hace transpirar y vizquear los ojos. Así es la selva, y quien la anduvo de cabo a rabo, lo sabe.
A cada interrupción me paraba a descansar y enjuagarme el sudor que me caía bajo la ancha ala del morrión. Iba, como de costumbre en campaña, cargado como una mula. En el macuto que llevaba a la espalda cargaba provisión de pólvora en frascos, balas, plomo y el molde para fundirlas, un par de metros de cuerda de arcabuz enrollada que pendía de mi cinto, yesca y pedernal, la baqueta sacatacos y la atacadora, dos camisas de paño, el pan de maíz rancio del rancho, un cuartillo de agua en un zaque que también colgaba de mi cinto y el arcabuz de Fernando Franco, atado y atravesado al morral. El morrión que llevaba sobre las cejas y que me quedaba grande pertenecía al milanés [Niccolo Piazza], y me lo había puesto aquella misma mañana con una sonrisa, dándome un cachete en la mejilla. "Pareces un señor soldado", me dijo. Enriquillo, que era como llamabamos al guía, se detuvo en mitad del claro, con cara de preocupación.

-¿Qué?- preguntó mi amo, tan parco en palabras como siempre.
-Caribe- murmuró, aterrado.

Indios caribes. Habíamos oido hablar mucho de ellos en la Española, pero jamás visto a ninguno. Bajitos, de cuerpos pintados y bocas atravesadas por aguzados palos, tenían justa fama de sanguinarios guerreros, sedientos de la sangre de sus víctimas. Lo de la sangre no era agua de borrajas, ya que además de ser los mismos hijos del diablo, se comían a los enemigos que mataban o capturaban. Las ramas se movieron suavemente delante de nosotros mientras, hecho ya un ovillo, el guía taíno gemía con una insistencia que ponía la carne de gallina. Noté como me tomaban el morrión con lentitud, descubriendo mis ojos abiertos y el pelo mojado por el sudor. Mientras los ruidos nos rodeaban, Diego de Jódar se caló la borgoñota que llevaba golgada al cinto, escupiéndose en ambas manos antes de alzar el montante que llevaba sobre el hombro. Por su parte, el sevillano [Fernando Franco] ya con su arcabuz en las manos, lo atacaba despaciosamente mientras yo le encendía la mecha. A pesar del temblor de mis manos, así lo hice.

-Apellidad- ordenó mi mentor.

Los catorce hombres le miraron un momento, extrañados. Los indios les habían rodeado y vigilaban sus movimientos. Repitió la órden en voz agria.

-Apellidad u os mato yo mismo.
-¡Santiago!- bramaron entonces.

Aquello desencadenó la lluvia, nunca mejor dicho, una lluvia de flechas y azagayas que surcó el aire y nos llevó a Esteban, el paje de don Luis Martínez. Inmediatamente, se nos echaron encima una turba de indios bajitos y pintarrajeados de rojo y negro, con rostros horribles desgarrados por la ira y el odio, blandiendo macanas, porras y lanzas. Era la primera vez en mi vida que contemplaba el horror caótico de un combate, la sangre, los muertos enteros o mutilados, los gritos desgarradores y las miradas vacías de aquellos que caían al suelo sin vida. El espejismo de la guerra honrosa y de las "altas fazañas" de las que me deleitaba leyendo en las Sergas [de Espladián] se borraron de un plumazo. Aún se me saltan las lágrimas como el chiquillo que era cuando recuerdo que, a la tierna edad de doce años, abandoné la poca inocencia que me quedaba. No hay lugar en el mundo para el cobarde, salvo la tumba.
Tomé en mis manos el jubón de mi amigo Esteban, zarandeándolo con lágrimas en los ojos mientras los hombres se mataban. Diego de Jódar, luchando como el temible soldado veterano que era, tajaba miembros a diestro a siniestro, aplastaba cráneos y hendía cuerpos a golpe de montante, con los dientes prietos. A su alrededor, los rodeleros se protegían de los envites de los caribes, acuchillándoles el torso desnudo o la garganta con las hojas de las toledanas. Fernando Franco, tras despedir a un indio varios metros hacia atrás de un arcabucazo en el pecho, había volteado el arma, usando la culata como maza. Esteban no respondía. Estaba muerto, muerto como todos aquellos indios que cayeron uno tras otro junto a mi. Hubo un rato de silencio, pesado, incómodo, y sentí unas manos rudas que me volteaban. Los iris penetrantes de mi amo me analizaron fijamente. Temblaba, ahora incluso más, por aquel rastro de muerte indiferente que veía en sus ojos. Me abofeteó, con suavidad.

-Debería darte verguenza- dijo- Eres un español. La valentia no se te exige, se sobreentiende.

Tenía las manos manchadas de sangre.
07/09/2005 15:33 Enlace permanente. Tema: Extractos. Hay 1 comentario.

28/08/2005

Habemus ilustrador

ilustrasion.jpgSergio Cases, ilustrador valenciano, ha accedido a trabajar en "Memorial de don Alonso de Diego". Ha enviado ya sus primeros bocetos de la escena "el gentilhombre de Milán", correspondiente a la tercera parte de la novela. He aquí uno de ellos. Sin duda alguna, hará un excelente trabajo.
28/08/2005 21:31 Enlace permanente. Tema: Noticias. Hay 1 comentario.

12/07/2005

Extracto de "Corazón y deseo", primera parte de la novela

esgrima.jpgEl calor apretaba, y el monótono sonido de las chicharras enmarcaba la recogida de una de las parcelas de tierra salpicadas por maíz ya maduro. Los taínos, semidesnudos, metían las mazorcas en sus cestos bajo la atenta mirada del capataz y el látigo que raramente usaba. La razón de este trato humanitario saltaba a la vista: Paseándose por el maizal con un zaque de agua, la figura de un dominico que, por pragmáticas del rey, debía pagar el propio encomendero.
Sentado bajo la sombra del zaguán del palacete, jugaba a taparles el agujero a unas laboriosas hormigas. Ante la catástofre, intentaban liberar la entrada de su diminuta galería de la piedra que la estaba cegando. Otras, en cambio, se perdieron entre las junturas de la pétrea tapia, buscando otras entradas. En estos entretenimientos estaba cuando, tras sentir unas pisadas de bota a mis espaldas, un grueso peto de cuero cayó delante de mi.

-Ponte eso rapaz- dijo don Óscar.
-¿Haremos daga hoy, o cuerpo a cuerpo?- pregunté yo, cogiendo la prenda.

Sin decir más, echó a andar, pasándome por el lado en dirección al palmeral. Llevaba una montera, guantes de cuero recio y un peto como el mío, amén de una vara y una espada que llevaba apretada bajo la axila. Le seguí, excitado. El maestro de armas, tras comprobar la firmeza del suelo y escoger un lugar de razonable sombra bajo las anchas hojas de las palmeras, me tiró al descuido un par de gruesos guantes que olían a cuero y sudor. Disponiéndose frente a mi, tomó la espada y alzó el arriaz hasta su nariz.

-La verdadera diferencia entre un gentilhombre y un advenedizo que se las da de tal reside en esta hoja- dijo, grave, moviendo el arma hasta disponerla paralela al suelo, mostrándome su punta- La espada es el arma más noble de cuantas un cristiano puede portar. La espada es para el hidalgo una prolongación de su brazo, terrible y certera, un instrumento con el cúal poder acrecentar y defender su honra.

Viéneme a la memoria aquel dicho castellano sobre las espadas de Toledo "En el Tajo fui forjada, y a tajos gané mi honra". Sin más preámbulo, ofreciome la empuñadura y tomó su vara. Se trataba de una espada negra, que así se llaman aquellas fechas para entrenar, sin filo aguzado y con una punta razonablemente redondeada. Había visto muchas espadas como aquella, de patillas, con buenos gavilanes y dos arquillos ambos lados del arriaz.

-Tómala- dijo el encomendero.

La cogí, despacio, mientras noté como a mi mentor se le crispaba la mano entorno a la vara, con la cúal me dió un recio golpe en la mano que me hizo soltar el acero. Sonreía, bajo su barbita recortada y aristocrática, mientras metía la punta de la vara en el guardamanos de la espada caida y volvía a alzarla a la altura de mis manos. Me abstuve de preguntar, para evitar más golpes.

-¿Que vas a coger zagal, una espada o un bastón?- preguntó
-Una espada, señor- repuse, humilde.
-Entonces no la cojas como un bastón.

Me mostró, pasando un dedo cruzado sobre el arriaz y apoyándolo en el recazo, protegido por los arquillos. De esa manera, explicó, se ejercía una presa más firme sobre la empuñadura y se tenía mayor sensibilidad con respecto a la punta del arma. Dicho esto, se separó a la distancia de su vara extendida e, hirguiéndose, hablaba grave.

-Antes de mostrarte el arte de la destreza de la espada, que algunos llaman esgrima, debes jurar que nunca desenvainarás sin un motivo razonable, ni envainarás sin haber dejado tu honra, al menos, intacta.

Yo era joven y estaba lejos de comprender el alcance de esas palabras. Durante todos estos años, desenvainé mi espada tantas veces que ya he perdido la cuenta. A veces fue para defender mi honra, otras para defender honras ajenas o a mis camaradas, pero la mayoría de las veces fue para poder ver salir el sol a la mañana siguiente. A día de hoy puedo decir, sin embarazo alguno, que aquellas clases salvaron mi vida y mi honra repetidas veces durante veinte largos años.

-¡En guardia!- repetía don Óscar una y otra vez, corrigiéndome las piernas con la vara- Separadas, no trabadas. Reparte el peso entre ambas, para poder moverte presto o escapar a tiempo jugando con los pies. Nunca te apoyes demasiado en una sola, porque en ese momento cualquier gesto rápido de tu rival puede hacerte perder pie y te llevarás de regalo una bonita herida.

Aquel día aprendí a tirar estocadas desde cualquier ángulo y dirección, cerradas si el adversario estaba cerca, y ganando la distancia con las piernas si se mantenía lejos, también aprendí a poner la mano estirada con la palma mirando hacia las cuatro direcciones (uñas arriba, abajo, adentro y afuera), las cuatro guardias o posiciones del brazo y la punta de la espada, a moverme hacia los lados sin perder la guardia (trepidante izquierdo o derecho) o en diagonal hacia los cuatro puntos cardinales (transversal, curvo, extraño transversal y extraño curvo). Todo esto, excuso decir a Vuestra Majestad, lo aprendería a la perfección tras semanas de ensayo y comprobando día tras día la dureza de la vara de don Óscar Carrasco de la Torre.
12/07/2005 22:24 Enlace permanente. Tema: Extractos. Hay 1 comentario.

26/06/2005

Extracto de "Monna Doris", tercera parte de la novela

gendarmepavia.jpgLa lejana voz del capitán Bomprezzi se mezclaba con los relinchos, las detonaciones y los gritos de horror dichos en francés y en español.

-¡Agrupaos!

El campo de batalla era un lugar espectral, lleno de niebla y nubecillas negras que olían a azufre. A veces, de entre las formas que yacían inertes un poco por aquí y un poco por allá, brotaba el resplandor de un arcabucazo, el ruido de los cascos de un caballo, gritos o el desgarrador sonido del acero entrando en carne y rompiendo huesos. Hacía un rato que caminaba solo, con el arcabuz cargado y la mecha en el serpentín humeando lentamente, pasando sobre los cuerpos de las monturas abatidas (algunas agonizaban) y los caballeros muertos y despojados de parte de sus arreos (sobretodo anillos y collares, asi como alguna espada. No había tiempo para pararse a más).
Me agaché momentáneamente a mirar el rostro de un gendarme muerto. La expresión era relajada, cual si estuviera descansando o durmiendo. Tenía, no obstante, un boquete en el peto por el que se había vaciado de sangre. Rebusqué en sus manos, quitándole la manopla mientras miraba derredor para cerciorarme de que ningún oficial pasaba por allí. Entonces, hubo un ruido muy inquietante a mi espalda, que me hizo volverme de súbito. Era el ruido de una respiración muy pesada y el tintineo del hierro rozando contra el hierro.
Vive Dios que me estremecí. Aquella mole de acero parecía salida del mismo infierno. Sobre un corcel de gran alzada revestido con una testera de crestas puntiagudas y unas gualdrapas con una sobreveste azul donde estaba dispuesta una heráldica, un gendarme "de punta en blanco", cuya armadura y yelmo cerrado salpicados de sangre le conferían un aspecto aterrador, blandía, sobre el penacho, una larga y mortífera espada de mano y media. La mole se movió tan rapidamente hacia delante que tuve el tiempo justo para apartarme y descargar un tiro a ciegas a aquella masa de hierro infernal, de la cúal había brotado el apellido de los francos.

-¡Pour Saint Jacques!

El caballo relinchó agonicamente, muy alto y muchas veces, malherido. Cansado por la carga, el animal se desplomó sobre la pierna de su amo. Aquello me daba cuartel, y me dió tiempo a levantarme y tomar el arcabuz. Comencé a cargarlo con mucha flema, apoyando la culata sobre la hierba y derramando el contenido del último de mis doce apóstoles en el ánima. El francés blasfemaba por lo bajini, intentando liberarse del peso de la montura muerta. Sabía que, si no conseguía liberarse, en cuanto cargara el arma estaba bien jodido. El hideputa era bravo, y fuerte, porque apoyando el zapato de acero de larga espuela puntiaguda en el lomo del corcel, lo estaba levantando poco a poco.
Los nervios me atenazaban las manos y me revolvían el estómago, haciéndome sudar bajo el morrión. Un par de veces me resbaló la baqueta al intentar meterla en el ánima para atacar la pólvora. Se levantaba ya el jinete despaciosamente, altivo, una sombra de acero que se herguía entre la niebla y la silueta de su caballo, que ya no relinchaba de dolor (creo que le di en la cabeza). Pesados pasos de metal se acercaban a mi, y tuve el tiempo justo para soltar el arcabuz y escupir la bala que tenía en la boca antes de que el miedo me la hiciera tragar. Ahora era yo el que estaba bien jodido.
Esquivé el primer golpe de milagro, un poderoso tajo a dos manos, mientras sacaba espada y daga. No había mucho tiempo para pensar, pero la prudencia me recomendaba retroceder hasta toparme con lo que fuera, amigo o enemigo, que pudiera socorrerme. El francés disfrutaba de lo lindo, lanzándome falsas estocadas y leyendo el miedo en mis ojos. Un par de veces tocó con la punta de su espada mi brigantina, haciéndome sentir la muerte bien al alcance. Mientras retrocedía y me cubría como podía a espada y daga (mi enemigo no tenía miedo a ser herido y se lanzaba a fondo), intentaba ganarle espacio tirándole un par de estocadas que resbalaron en su peto milanés. El gendarme se reía, y aún se rió más cuando, tropezando con un caballo muerto, perdí pie y caí sobre la sangre y la carne del animal muerto. Tras desarmarme de un puntapie, alzó su mano y media, dispuesto a descargar un mandoble definitivo sobre mi cara aturdida.

Sonó un tiro, muy lejano, y oí como una bala rompía el acero y entraba en la espalda de mi adversario, que crispó un gesto de dolor. Ahora o nunca, me dije, apretando mi daga de orejas en la diestra mientras me lanzaba sobre el caballero con todas mis fuerzas, haciéndonos caer al suelo, revueltos. No grité ni blasfemé, sólo contuve mi rabia y mis esfuerzos en aplastar la mano armada del caído con la rodilla mientras intentaba meterle la daga por alguna juntura del arnés. El gabacho si blasfemaba, y lo hacía en voz alta mientras me golpeaba con la manopla de su mano libre. Primero la brigantina, luego el ala de mi morrión y al final, la cara. El golpe me hizo volver el rostro, y mi daga (que ya estaba metida entre dos junturas) se movió hacia un lado con violencia, partiéndose.
Cuando volví a ser dueño de mi, pues el golpe me había aturdido unos segundos, mi enemigo intentaba meterme una daga de dos cuartas de hoja por la gola. Solté la mia, ya inservible, y tomé su manopla deteniendo el golpe a escasos centímetros de mi cuello. El caballero tenía fuerzas, y poco a poco vencía a las mías, acariciándome el cuello con la punta de su daga de misericordia. Cuando reparé en mi mano libre, la que había soltado la daga, la moví prestamente hasta su yelmo, retorciendo el hilillo de metal del cierre y levantándole el visor. El rostro de aquel tipo era joven y armónico, aristocrático y bien parecido. Frisaría mi edad, veintipocos, y se le veía bien formado, apesar de que tenía los dientres prietos y el rostro contraído por la ira. Notando ya como su daga me pinchaba y brotaba de mi cuello un hilillo de sangre, resolví jugar mi última carta.
Sientiéndome preso de un odio sordo y profundo, apreté mis dientes y vencí la mano libre hasta su cara, metiendo dos dedos en los ojos desorbitados del francés. Apreté, de golpe, sintiendo como reventaban bajo las yemas de mis dedos, y el tacto me recordó a las asaduras del marrano cuando, colgando de una viga del techado del corral, mi padre lo rajaba de arriba a abajo y yo tenía que ayudarle a sacar las tripas. Gritó, pataleó y se llevo la mano que sostenía la daga a sus ojos, intentando apartar la mía. Entonces, con una furia que me estremezco en recordar, le arrebaté su propia daga y, metiéndosela por la boca abierta de la que brotaban gritos y lamentos, la hundí hasta la empuñadura, hacia arriba. De pronto, el francés tuvo un calambre y dejó de moverse.
Me aparté, respirando agitado, buscando mi espada, cuando alguién me dió la vuelta, cogiéndome por el cuello de la valona. Era Jordi. Me miraba con ojos preocupados, especialmente a mi cuello.

-¿Estáis bien?-preguntó

Y yo no supe que contestar.
26/06/2005 12:14 Enlace permanente. Tema: Extractos. No hay comentarios. Comentar.

23/06/2005

Fray Lucas de Linares

fraylucas.jpgBiografía:

Nació el 3 de Enero de 1458 en Linares, Jaén, en el seno de una familia humilde. Gracias a la visita de un pariente lejano, viajó a sus 12 años a Salamanca, ingresando en un colegio teológico y posteriormente en la universidad, donde se destacó como un alumno aventajado de prodigiosa memoria. A los 22 años, abandonó el noviciado de la órden franciscana, acogiéndose desde entonces a ese hábito como fraile. Viajó a París en 1499, donde coincidió con Erasmo de Rotterdam, del que quedó profundamente impresionado como ejemplo de religiosidad y humanismo razonado. En la capital del Sena entró en contacto con la obra de otros humanistas como Nicolás de Cusa, Petrarca o su coetáneo Tomás Moro. Su afán conversor y su profunda espiritualidad, le llevaron a la recién conquistada Granada, dónde durante unos años se dedicó a impartir clases en un seminario y a predicar la conversión de los moriscos.

Sin embargo, sintiendo que se desviaba de la doctrina de San Francisco, hizo voto de pobreza, refugiándose en una ermita cerca de Iznalloz. Allí recibió la visita del viejo señor de Colomera Fernán Alvárez de Toledo, el cúal quedó tan impresionado por la espiritualidad del monje que le propuso hacerse cargo de la parroquia y escuela del pueblo. Pese a sus recelos, aceptó. Allí, impartió clase a los hijos de los colonos y a algunos moriscos conversos. Entre aquellos zagales, un joven llamado Alonso de Diego ejerció de criado y paje del monje, a cambio de sus enseñanzas. Vivió en Colomera hasta 1513 cuando, a sus 57 años, peregrinó a Santiago y murió de un infarto en la cuesta del Vallejo, a la entrada del pueblo. Fue enterrado, según testigos, en olor de santidad. En 1536, el conde Alonso de Diego mandó tallar en su tumba una inscripción "fidelis deo servo, requiescast in pace".

Semblanza:

Fray Lucas de Linares es un hombre docto y sabio, observante de la regla franciscana y defensor de la pobreza de Cristo. Humanista, gran lector y dotado de un especial interés por la pedagogía. Su estampa, la de un anciano calvo de larga barba blanca y de poca estatura, así como su generosidad y entrega para con los feligreses y los pobres, le ganaron el apodo de hombre santo. Sus únicas flaquezas, quizá, eran la falta de sueño debido a sus intensos estudios y su ideal de pobreza, que a veces le valieron las miradas reprobadoras de otros sectores de la iglesia.
23/06/2005 00:06 Enlace permanente. Tema: Personajes. No hay comentarios. Comentar.


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